Más allá de dinamizar la recolección, eliminar los microbasurales a cielo abierto y acotar las chances de que perros callejeros rompan las bolsas de residuos -lo que también podría solucionarse evitando el abandono de mascotas y la proliferación de animales sin dueño-, el desembarco de los contenedores plantea incógnitas que sólo se develarán con el uso.
La principal está vinculada con las molestias que pueda generar su presencia en veredas y calles, tanto para peatones y comercios, en el primero de los casos -por olores, higiene y cuestiones “estéticas”-, como para los automovilistas en el segundo -reducción de espacios para el estacionamiento-.
En buena parte, el éxito de la iniciativa dependerá del respeto de vecinos y comerciantes a las normas: que no se arrojen en los contenedores escombros, restos de poda y objetos demasiado grandes; que no sean objeto de vandalismo; que los cartoneros no desperdiguen su contenido; que se llenen de manera prolija y a la hora señalada.
La eficacia en su vaciado, limpieza y desinfección periódica por parte del municipio, puede contribuir a desactivar potenciales focos de conflicto como los que se registraron en la capital federal, donde por citar sólo un ejemplo un comercio presentó una demanda -luego desestimada por la Justicia- argumentando que el volquete obstruía la vista de la vidriera, obstaculizaba el tránsito de peatones y con su olor provocaba una baja en las ventas.
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