Especial para EL DIA de National Geographic
Cuando los leones marinos sufrieron ataques y empezaron a morir las aves y las marsopas en la costa de California el año pasado, los científicos no se sorprendieron demasiado. Se sabe que hay algas tóxicas que dañan a los mamíferos marinos.
Pero cuando encontraron enormes cantidades de toxina en un pelícano que había ingerido anchoas, decidieron muestrear peces. Encontraron niveles tan peligrosos de toxinas en la carne de anchoa que el gobierno de Estados Unidos pidió a la población que dejara de consumirla.
La floración de algas que invadió la costa oeste de Estados Unidos en 2015 fue la más tóxica de la historia de la región. Pero desde los fiordos sudamericanos hasta las aguas del mar de Arabia, la proliferación de algas, quizás acelerada por el calentamiento del océano y otros factores ligados al cambio climático, está causando estragos en la vida oceánica y en las personas. Y muchos científicos prevén que la situación empeorará.
Se sabe desde hace décadas que nutrientes provenientes de fertilizantes y excrementos animales que llegan al río Mississippi, pueden provocar la proliferación de algas en el océano generando la baja de oxígeno en zonas como el golfo de México. Ese tipo de fenómenos viene repitiéndose en distintas partes del mundo a medida que crecen los centros urbanos.
El problema es que se está detectando la presencia de algas perniciosas en sitios casi despoblados. Se ven floraciones más prolongadas, que se diseminan más y que se vuelven más tóxicas simplemente cuando las aguas se calientan.
En las costas de Omán, aumentó la mortandad de peces debido a las invasiones de algas dañinas. A principios de año, una invasión de algas sofocó a millones de salmones en América del Sur, suficientes como para llenar 14 piletas de natación olímpicas. Otra invasión de algas ocurrida el año pasado habría sido la causa de la muerte de más de 300 ballenas en Chile.
En el norte, aumentan las floraciones en sitios como Groenlandia, donde se sospecha que el cambio está provocando el derretimiento del hielo. Este año se demostró que el ácido domoico de las algas tóxicas se encontraba presente en marsopas, ballenas boreales, belugas y focas en el Artico en Alaska.
Mirando agua salada al microscopio se ve algo semejante a una sopa de letras: pequeños organismos fotosintéticos que flotan en las corrientes o se impulsan en una columna de agua. Al cambiar las condiciones, el ambiente puede resultar perfecto para que una o dos invadan. En algunos casos, las que más prosperan son las dañinas.
Las algas son fundamentales para la vida, pero algunas especies y algunas floraciones pueden causar problemas serios. Algunas envenenan el aire o cambian el color del mar. Otras, se acumulan en peces y mariscos, provocando enfermedades y hasta la muerte en aves, mamíferos marinos e incluso el hombre que las ingiere. Algunas floraciones son tan abundantes que cuando mueren consumen todo el oxígeno necesario para otros animales y dejan una estela de anguilas, peces y cangrejos muertos.
En 2015, hubo un récord de calor en la costa oeste de EE UU. y el muestreo regular determinó niveles peligrosos de la biotoxina ácido domoico del alga Pseudo-nitzcchia en los moluscos.
Se ven floraciones más prolongadas, que se diseminan más y que se vuelven más tóxicas simplemente cuando las aguas se calientan
Aunque el ácido domoico se acumula en la cabeza y los intestinos de los peces -que son consumidos enteros por mamíferos y aves marinas- raramente se encuentran estas toxinas solubles en agua en las partes de los peces que consume el hombre. Y aunque la mayoría de las floraciones durante semanas, esta duró meses. Además, en lugar de ser localizada, cubrió vastas áreas de mar desde Santa Bárbara, California, hasta Alaska. De manera que tras los testeos, se encontraron vestigios de la toxina en la carne del pescado de roca, fletán, bacalao y casi cualquier pescado analizado. En las anchoas, había mucho más de lo considerado seguro.
Aunque el calor que produjo esta floración masiva puede o no estar ligado al cambio climático, se cree que el aumento de las temperaturas provocarán olas de calor marinas más comunes en un futuro.
Y el cambio climático no es sólo cuestión de temperatura. Alterará también la forma en que las tormentas y el hielo derretido añadirán humedad al mundo marino, tornarán más corrosivos los océanos y alterarán la mezcla de aguas frías profundas y aguas superficiales. Todo eso afectará el crecimiento de algas nocivas. No siempre es fácil saber cómo.
A principios de la década pasada, se documentó en el Mar de Arabia el florecimiento de Noctiluca scintillans, una hermosa alga verde bioluminiscente que hace brillar las olas. Ahora aparece todos los años, en mayor densidad y cubriendo más superficie.
Aunque resulta claro que el creciente uso de fertilizantes y el masivo crecimiento poblacional sin el correspondiente tratamiento del agua en sitios como Mumbai, India y Karachi incrementan este cambio masivo. Además, el rápido deshielo de los glaciares del Himalaya están alterando los monzones, intensificándolos y reduciendo los niveles de oxígeno en las aguas superficiales, tornándolas más favorables a las Noctilucas. Eso, a su vez, cambia las formas de vida y su alimento.
A las medusas les encantan estas algas. Y a su vez ellas son comidas por criaturas que prosperan en ambientes con bajo oxígeno, como las tortugas de mar y los calamares. Estos últimos están en aumento en sitios como Omán, mientras que disminuye la población de atún y mero. Y el ambiente de bajo oxígeno puede tener efectos agudos. El otoño pasado, el agua con bajo contenido de oxígeno de las costas de Omán acabó con la vida de grandes poblaciones de peces a lo largo de cientos de kilómetros.
Kathi Lefebvre, del Centro Científico de la National Oceanic and Atmospheric Administration, ha rastreado el ácido demónico en cientos de animales marinos de Alaska. El descubrimiento de ácido demónico en mamíferos del Artico fue una sorpresa pero no resulta claro si es parte de una nueva tendencia o simplemente fue siempre así. Nadie controló antes, de manera que Lefebvre no tiene con qué comparar.
“Encontramos ácido demónico en todas las especies que analizamos. Es claro que si se cambia la temperatura, la disponibilidad de luz y nutrientes se puede cambiar totalmente un ecosistema. Pero ¿es algo que empieza ahora, que está empeorando o que es igual que siempre? No tenemos idea”, dijo.
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