Están en todos lados, crecen favorecidos por el humus de una época cada vez más propicia para ellos. Son llamados talleres o tertulias literarias o espacios de lectura que en La Plata tienen, como disperso escenario, a casas particulares, clubes, bares, bibliotecas populares, sedes oficiales de cultura o facultades de la UNLP. Nadie se anima a dar un número, pero tan sólo de memoria, rápidamente, se supera el número de treinta o cuarenta. La mayoría de ellos funciona al atardecer.
A cargo de escritores o profesores de letras, estos grupos generalmente conformados por un promedio de diez alumnos (algo más del 70 por ciento son mujeres) integran sociedades íntimas o, como diría Marshall Mc Luham, pequeñas aldeas en las que varones y mujeres de cualquier edad y profesión quieren recobrar la inocencia y libertad que dan los libros. Algunos van porque quieren aprender a escribir, otros para compartir lecturas, la mayoría de ellos –según dicen los pastores de estos templos- “para escaparle a la soledad”.
Si bien estas reuniones existieron desde siempre, los llamados talleres literarios son relativamente muy jóvenes. Su origen se remonta a la pasada década del 60 cuando fueron promovidos por las vanguardias del surrealismo y el dadaísmo. Se asegura que el primer taller se llamó Oulipo –acrónimo de Ouvroir de Litterature Potentielle o taller de literatura potencial- fundado en París en 1960 por el escritor Raymond Queneau, al que asistieron como invitados ilustres Julio Cortázar e Italo Calvino. Pero fue en Estados Unidos en donde cobraron mayor vigencia en la década del 70.
Si bien estas reuniones existieron desde siempre, los llamados talleres literarios son relativamente muy jóvenes. Su origen se remonta a la pasada década del 60 cuando fueron promovidos por las vanguardias del surrealismo y el dadaísmo
Quien adhirió con fervor a los talleres en América latina fue Gabriel García Márquez, en el área tan suya de la narrativa. Alguna vez sintetizó ante los alumnos la esencia del taller: “Estamos aquí para contar historias. Lo que nos interesa aprender aquí es cómo se arma un relato, cómo se cuenta un cuento. Me pregunto, sin embargo, hablando con toda franqueza, si eso es algo que se pueda aprender. No quisiera descorazonar a nadie, pero estoy convencido de que el mundo se divide entre los que saben contar historias y los que no”.
TRES PROFESORAS
Hace veinte años crearon el “Espacio de Lectura Ficciones”, precursor en la zona norte platense. Son tres profesoras de letras graduadas en la UNLP: Adriana Rucci, Mona Gamboa Saraví y Dolores Seghezzo. Algunos de sus alumnos están con ellas desde el origen, de modo que a quince libros por año que deben leer y luego comentar, ya irán por más 300 libros analizados.
“No hacemos otra cosa más que leer. Les damos el título de un libro y los alumnos tienen quince días para leerlos. Después nos reunimos y compartimos conclusiones”, dicen. El núcleo de unión es “el placer de la lectura”, dicen estas profesoras ya jubiladas que, en dos grupos, reúnen a unos 20 lectores por semana. Con lo que cobran “apenas si nos alcanza para comprar nuestros libros”.
¿Qué es lo que convoca a la gente? “Bueno, hay gente que no tiene con quién compartir la lectura y acá lo hacen. Nuestra tarea no es inducirlos a que analicen en determinada manera, sólo los rumbeamos un poco. Pero es muy enriquecedor el debate que suele desarrollarse en cada encuentro”.
Lo que más les cuesta ahora “es encontrar nuevos autores. Nos da la impresión de que ya leímos a todos, así que buscamos gente nueva”. En general se trata de novelas, explican. Salvo Cervantes, más que conocido, este año tienen en el programa a autores como Carla Guelfeinbeim, Dianne Brasseur, David Fonkinos, Claudia Piñeyro, René Knigt, Pablo Giordano, María Fasce, A.S.A Harrison, John Williams, John Banville y Manuel Rivas.
Las profesoras sostienen que nada da más placer que la lectura. “Nosotras estamos de acuerdo con Borges, cuando dice “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.
EL POETA
José María Pallaoro es poeta, editor (con más de 50 títulos publicados por su editorial Libros de la talita dorada) y desde hace quince años conduce un taller que incluye lectura y aprendizaje de narrativa y poesía. “Más que editor me considero un difusor de literatura y poesía”, advierte. Al taller le llegan “muchos poetas que están inéditos y algunos ya editados”, pero más allá de los aspectos técnicos considera que “la mayoría viene por la necesidad de encontrarse con otra gente”.
Pallaoro aporta una conclusión: “lo que yo noto como evolución en los últimos años es el aporte de internet. Antes el lector se las veía solo para entenderse con el texto. Ahora existe una facilidad mayor, entre otras para contactarse con otros escritores”.
En cuanto al caso de internet, ofrece el ejemplo de la alegoría de la caverna platónica. Como se sabe, Platón escribió que un grupo de hombres se encontraba en una caverna, encadenados desde su nacimiento por el cuello y las piernas, de modo que sólo podían dedicarse a mirar la pared del fondo de la caverna y ver allí las sombras de lo que ocurría afuera de la caverna, imaginándose a través de ellas la realidad exterior”.
“Ahora –dice Pallaoro- a esos hombres Internet acaba de quitarles las cadenas y entonces pueden ir a contemplar la verdadera luz, pero recién está comenzando ese proceso y la humanidad liberada se encuentra, sin embargo, en una etapa de enceguecimiento”.
Pallaoro habla de su taller –“lugar de encuentro para la lectura y la escritura”-, considera como sus maestros a Mario Porro y a Néstor Mux, elogió a Gabriel Báñez y dice que para toda persona “no resulta fácil encontrar la propia voz”. También mencionó con especial afecto a autores como Aurora Venturini, Roberto Themis Speroni, Octavio Prenz, Horacio Castillo, Luis Pazos y César Cantoni.
TRES TALLERES
Por su parte, el poeta y docente Norberto Antonio no conduce uno sino tres talleres literarios: uno en la biblioteca de un club de City Bell; otro en una escuela de arte de Berisso y un tercero en la escuela de Periodismo de la UNLP. “En los tres predominan las mujeres, que son en promedio el 70 por ciento”.
Hace once años que Antonio desempeña esta tarea, a la que suma su actuación como maestro en escuelas nocturnas. “En los tres talleres lo que hacemos es lectura y escritura”, dice y se muestra fastidiado con “algunos que no tienen antecedentes y se largan a manejar un taller. Mi pregunta para ellos sería ¿qué es lo que transmiten?”. Económicamente los talleres “sólo significan un aporte muy pequeño, una entrada con la que apenas se pagan los gastos que ellos producen”.
Antonio se detiene en las personas mayores, que asisten con mucho empeño a los talleres literarios: “Algunos buscan contar algo de sus vidas” y de ese modo el taller cobra “un significado similar al de un grupo de ayuda”.
Autor de seis libros de poesía -La misma voz y todo el vicio (1984); Agua que enturbia la pupila (1996); Desesperadamente agua (2000); Paladar negro (2003); Cerca no es encima (2008) y Parece pero es (edición bilingüe, castellano - portugués, 2009)- está preparando una antología de la poesía platense.
Leer juntos, dialogar socráticamente, sugerir, en oportunidades discutir o defender con ahínco las propias interpretaciones, cuestionarse las conclusiones de unos y otros, forma parte de la rutina fascinante de los talleres literarios
Dice que a uno de sus talleres llevó escritores de renombre, para compartir conocimientos con los alumnos. “Entre otros vino Leuco Castilla y ofreció unos ciclos muy importantes de poesía”.
LA ENTERA LIBERTAD
Hablando con esta gente y con muchos otros “talleristas” o “lecturistas” que prefirieron no aparecer públicamente, se advierten varias notas coincidentes, aunque acaso la más novedosa de ellas es la entera libertad con que desarrollan sus iniciativas, sólo subordinados a su propia capacidad de organización y a la mejor imaginación que puedan desplegar. Nadie habló de pedir ayuda del Estado o algo así.
En lo concerniente a la casi abrumadora mayoría de mujeres en los talleres, consideraron que “tal vez ellas organizan mejor su tiempo libre y lo quieren aprovechar”.
Leer juntos, dialogar socráticamente, sugerir, en oportunidades discutir o defender con ahínco las propias interpretaciones, cuestionarse las conclusiones de unos y otros, forma parte de la rutina fascinante de los talleres literarios.
Al atardecer, en los cuatro puntos cardinales de La Plata, se encienden, innumerables y jóvenes, las antorchas de la literatura.
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