Agonizaba el año 1934 cuando en el Teatro Maipo, y en la voz de Sofía “La Negra” Bozán, se escuchaba por primera un tango que, desde entonces, sería emblemático y continuaría dolorosamente vigente durante las décadas que siguieron hasta hoy. “Cambalache”, que Enrique Santos Discépolo compuso para la película “El alma del bandoneón”. El film, dirigido por Mario Soficci y protagonizado por Libertad Lamarque, Santiago Arrieta, Domingo Sapelli y Flora Davis, se estrenaría pocos meses después, el 20 de febrero de 1935. En él, “Cambalache” sería entonado por Ernesto Famá. Inspirado en la cruda realidad de la Década Infame, el tango desbordó esa coyuntura, su letra fue transmitida de generación en generación y se adoptó en cada época como un testimonio del presente. Incluso llegó a estar prohibido, junto a otras canciones, a causa de una campaña para suprimir el lunfardo lanzada por el gobierno militar de turno en 1943. La interdicción duró hasta 1949, pero no evitó que “Cambalache” resonara en las mentes y se cantara bajo las duchas, entre amigos, en los talleres, en los bares.
Además de su valor poético y filosófico (sello presente en toda la obra discepoliana) hay ocho versos de “Cambalache” que siempre sorprendieron por su descripción del estado moral de la sociedad. Son aquellos que dicen: “Hoy resulta que es lo mismo/ Ser derecho que traidor,/ Ignorante, sabio, chorro, / Generoso, estafador./ Todo es igual; nada es mejor/ lo mismo un burro/ que un gran profesor”. Pasaron los años, llegó el siglo XXI y la descripción se mantuvo inalterablemente fiel a la realidad. Cambiaban modas, nombres, estilos, pero no el amargo contenido de esa letra.
Un poco más de confusión
Hoy, sin embargo, es posible que deba ser actualizada. A la luz de las circunstancias pareciera que no todo es igual y que no es lo mismo la honestidad que la criminalidad. De un modo lento, paradójico y contradictorio, se ha naturalizado que tenga más y mejor prensa el delito y la transgresión que las conductas morales. Es común que los medios audiovisuales (y algunos gráficos) se disputen la entrevista exclusiva a un asesino, a sus parientes, a un narcotraficante, a un zar del juego clandestino e incluso a un pez gordo de la corrupción. Mientras tanto los perjudicados, en el caso más leve, y las víctimas, en el más grave, arrastran su dolor y su impotencia (agravadas por la desidia y las injusticias de la Justicia), o solo son requeridas mediáticamente para someterlas a preguntas banales que ahondan su sufrimiento.
En la portada de una de sus últimas ediciones, la revista española “Filosofía hoy” muestra el siguiente título: “Buenos y malos: ¿los estamos confundiendo?”. Un largo informe en sus páginas interiores explora esta cuestión. Si Discépolo viviera hoy (murió en 1951, a los 50 años) y al pasar por un quiosco viera ese título, acaso una mueca de desesperanza cruzara su rostro. Es que a menudo parece existir una confusión entre unos y otros, y los malos terminan teniendo más difusión que los buenos, son romantizados, se los rodea (a través de canciones, textos, leyendas, entrevistas, relatos) de cierta aureola heroica. No faltan argumentos políticos, artísticos e incluso académicos para explicar la razón de sus acciones. Argumentos que pocas veces parten de una mirada desinteresada y fenomenológica (observar el fenómeno sin ponerle aditivos e interpretaciones), sino que suelen reafirmar lo que se proponían demostrar desde un principio. En síntesis, que hay más explicaciones para no “ser derecho”, como dice el tango, que para serlo.
Quizás haya menos confusión entre “buenos” y “malos” a medida que nos atrevamos a entrar en nuestras propias sombras, reconocer y aceptar lo que hay allí, y, sabiendo que esa sombra existe, hagamos de cada día y de cada acto una experiencia de libertad moral. Entonces ya no nos confundiremos con los malos de la película
Lo preocupante es que la idea se instala y prende. Y que “ser derecho”, es decir cultivar la empatía, la cooperación, el respeto por el otro (que en suma se expresa en el respeto a las normas, convenciones y leyes de la convivencia en todos los campos, ya sea que estén escritas o no), se convierte en una experiencia cada vez más fatigosa. En la revista citada, el filósofo francés André Comte-Sponville (autor entre otros libros del imperdible “Pequeño tratado de las grandes virtudes”) advierte que, en cierto modo, el bien y el mal, llevados a la práctica y encarnados en las personas, son elecciones. Dice: “Pasamos de la libertad natural (la del niño pequeño que aún no reconoce reglas), a la libertad moral, que es la única que hace al hombre dueño de sí mismo”. La libertad moral es la de la persona adulta y madura que reconoce los límites y condicionamientos de la vida y de la interacción social y actúa ante ellos eligiendo y decidiendo con responsabilidad. Es decir, respondiendo a las consecuencias de esas decisiones y elecciones. La libertad natural se basa en el “quiero”, la libertad moral en el “debo”. Un deber ante los otros.
Que en realitys, novelas, reportajes, comentarios, canciones, redes sociales y hasta en la curiosidad y expectativas colectivas los “malos” terminen ocupando el centro del escenario podría deberse, es una hipótesis, a que reflejan aspectos y conductas que los “buenos” niegan y sofocan en sí mismos. Carl Jung (1875-1961), el psiquiatra, psicólogo y pensador suizo que profundizó en la psicología de los arquetipos, llamó “sombra” a aquellos aspectos que las personas reprimen, asfixian y ocultan (a menudo inconscientemente) a medida que van construyendo su personalidad, o sea la máscara con la que se presentarán y actuarán en el mundo. Pero, decía Jung, todo lo existente viene en pares de opuestos complementarios: bondad-maldad, generosidad-mezquindad, lucidez-estupidez, coraje-miedo, verdad-mentira, honestidad-deshonestidad, etcétera. En nuestra materia prima entran todos esos ingredientes. Si negamos la existencia de alguno, este encontrará la manera de manifestarse. Si afirmamos que jamás decimos una mentira, odiaremos a los mentirosos porque su presencia nos recuerda que sí hemos mentido. El mezquino es un espejo de nuestras pequeñas o grandes mezquindades aunque no las percibamos, y lo rechazaremos. Y así con cada aspecto.
Depositarios de nuestra sombra
El rating que obtienen los villanos (criminales, asesinos, corruptos), y hasta los costados “simpáticos” que se les encuentran a partir del morbo conque se los mira, bien podrían estar hablando de la función que cumplen como depositarios de una sombra colectiva. O los odiamos a muerte porque, en determinadas circunstancias, podríamos haber sido ellos. O nos acercamos a contemplarlos con cierta benevolencia porque al hacerse cargo de todo el mal limpiaron nuestro prontuario interior, al que preferimos no asomarnos.
Pero no es lo mismo ser derecho que traidor, sabio o chorro, generoso o estafador. Y es justicia distinguir a unos de otros, y que “los inmorales que nos han igualao”, según Discépolo, no reciban tratamiento de héroes románticos, sino las consecuencias de sus actos. Quizás haya menos confusión entre “buenos” y “malos” a medida que nos atrevamos a entrar en nuestras propias sombras, reconocer y aceptar lo que hay allí, y, sabiendo que esa sombra existe, hagamos de cada día y de cada acto una experiencia de libertad moral. Entonces ya no nos confundiremos con los malos de la película. “A nadie le importa si naciste honrao”, canta “Cambalache”. Pero sí importa. Y es toda la diferencia.
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