Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
En la conducta humana pueden observarse reacciones o modos de proceder que responden a situaciones individuales, pero que son actitudes coincidentes en la mayoría de los casos. Así, por ejemplo, el quejido o lamento es propio de alguien que sufre; el hacer silencio es signo de respeto o reflexión; el reír es expresión de alegría. Pero aunque para la generalidad es así, no parece prudente generalizar. De hecho, tanto el quejido como el silencio o la risa podrían también ser manifestaciones de ironía, de burla, de satisfacción. Siempre me llamó la atención el hecho de que muchas personas, en especial las soberbias, arrogantes y autosuficientes, tienen todas las respuestas a flor de labios. En algunos casos, tienen la capacidad de responder antes de conocer la conclusión de la pregunta. Otros poseen una especial habilidad para defenderse y siempre “caen bien parados”, más bien previniendo que contestando. No faltan quienes son “una máquina” productora de respuestas que, sin duda, fueron previamente elaboradas.
Lo que me impresionó es que este modo de responder es propio de los que viven al margen de la ley. Por cierto, no generalizo. Pero quienes tienen una conciencia turbia y quieren demostrar lo contrario, o quienes son inmorales aunque no logran reconocerse como tales, son rapidísimos para apabullar a cualquiera con respuestas más o menos coherentes aunque inciertas. Insisto, no generalizo, pero...
Todo indica que proceder de ese modo no es lo natural. La comunicación de los seres raciones por medio del lenguaje no debe ser irreflexiva. Cuando se responde sin pensar en lo que se está diciendo, o pensando sólo en justificarse, o en “venderse” por bueno, hay algún cable en corto circuito o fuera de lugar.
La problemática no es de los tiempos actuales. De hecho, san Agustín dice que “la palabra primero ha de ir a la lima y luego a la lengua; primero se ha de registrar en corazón y limarse con la regla de la razón para que luego salga por la boca.”
En las Sagradas Escrituras encontramos aseveraciones que favorecen las normas de buena educación y convivencia civilizada: “No respondas antes de escuchar y no interrumpas cuando otro habla” (Eclesiástico 11, 8). “El sabio guarda silencio hasta el momento oportuno, pero el petulante y el necio no se fija en el tiempo” (Eclesiástico, 20, 7). Por lo tanto, es propio de las personas normales, respetuosas y equilibradas, el saber hablar desde el corazón y la inteligencia, con amor y con razón, con apertura y educación. No por apresurarse en responder se podrá decir más y mejor, ¡todo lo contrario! Para exigirse y aprender a relacionarse no hay límite de edad. Siempre es posible. En todo caso, y una vez más, será necesario cultivar la virtud de la prudencia, que también enseña a buscar y ayuda a encontrar la sabia perspicacia y el discernimiento, el buen juicio relativo al modo de proceder, a fin de hablar civilizadamente y no a limitarse a expeler palabras. No es necesario tener preparadas las respuestas a todas las cuestiones. El que entiende de lo que se habla puede hacer sus aportes con sencillez y humildad; y el que no entiende debe tener al menos el equilibrio que hacer silencio o inquirir algo más para participar con inteligencia de la conversación.
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