Alfonso había quedado en una posición de contorsionista en el baúl de su camioneta. Como pudo, una vez que los ladrones se fueron, se destapó la cara y salió.
Encandilado, con la boca seca y dolores en todo el cuerpo, el hombre no entendía nada. Eran las 2 de la tarde del sábado, soleada y espléndida. El lugar era descampado y desconocido para él. Luego averiguó que lo habían soltado en 52 y 167.
“Me movía con cuidado para no caerme”, explicó el albañil acerca de lo difícil que fue para él salir caminando a pedir ayuda, por el mareo que sentía y porque todavía tenía los pies atados.
“En un momento sentí que había pisado un vidrio. Lo agarré y con eso corté las sogas”. La liberación de Alfonso pareció escrita por un guionista. Ayer a la tarde todavía se le veían las marcas de las ataduras y seguía dolorido.
A unos metros la víctima encontró a una familia. Primero les pidió agua y después que llamaran al 911.
A partir de la intervención policial se comenzó con el procedimiento de rutina.
Se dejó asentado el tipo de heridas que sufrió el hombre y se realizaron pericias en la Ford: en el espejo retrovisor encontraron huellas digitales.
La camioneta había quedado maltrecha, con gomas pinchadas, rayones a los costados y restos de cocaína desparramada por todas partes.
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