• Definir la salvaje agresión de un joven rugbier a un indigente como parte de la “cultura rugbier” parece, más que una generalización, un despropósito. En todo caso forma parte de una sociedad que convive con la violencia cotidiana en todos lados: en las escuelas, en los hospitales, en los estadios de fútbol, en las familias y, por supuesto, también en los clubes de rugby.
• El deporte es una caja de resonancia de la violencia que anida en la sociedad. Se lo ve en distintas disciplinas, tanto adentro como afuera de los campos de juego. Pero eso no habilita a identificar a la violencia con la cultura del deporte en general, y de ninguno en particular.
• Lo que se ha visto en este caso es una agresión incalificable por parte de un joven jugador de rugby contra un hombre -aparentemente un indigente- en la vía pública y por la espalda, mientras otros, que no aparecen en la imagen, filman y se ríen. Son conductas salvajes, injustificables, que por supuesto deben ser sancionadas y que, seguramente, avergüenzan al club al que pertenecen el agresor y sus cómplices, que también forman parte del ataque.
• Es cierto, sin embargo, que genera mayor indignación el hecho de que los violentos pertenezcan -aparentemente- a un ámbito social privilegiado, con mayor acceso a la educación de calidad y ventajas comparativas de todo tipo. Esa circunstancia, en todo caso, debería computarse como agravante. Pero nada justifica que la violencia de una pequeña patota se identifique con la cultura o con los códigos de un deporte.
• Sería cuestionable, sí, que el club al que pertenecen los encubriera de alguna forma o minimizara lo ocurrido. En ese caso podría hablarse de una actitud indebida de la institución, que tampoco tendría por qué emparentarse con el resto de los clubes de rugby del país, donde juegan miles de chicos sanos, como en tantos otros clubes de fútbol, básquet u otros deportes.
SUSCRIBITE a esta promo especial