Varias investigaciones abordaron ya la posibilidad de que el sobrepeso pueda ser hereditario, probando que los hijos de padres obesos son propensos a engordar. Ahora, sin embargo, un trabajo publicado en los últimos días vino a plantear una posibilidad hasta ahora desconocida: que la obesidad se puede transmitir de abuelos a nietos.
El estudio, publicado en la revista Molecular Metabolism y realizado por un equipo de investigadores de Australia, confirmó el perjudicial legado que la obesidad de los padres puede tener en las generaciones futuras. Los resultados de la investigación, concretamente, demostraron que la salud metabólica de un padre puede ser transmitida de generación en generación y afectar no solo a sus hijos sino también a sus nietos.
La investigación fue llevada a cabo con ratones de laboratorio: aquellos ejemplares con exceso de peso concebían a crías con la misma apariencia. En relación a los seres humanos, los médicos sostuvieron que “se está poniendo en riesgo a los hijos y nietos, bajo la posibilidad de desarrollar una enfermedad metabólica mucho antes de que hayan nacido”.
Según una encuesta realizada hace dos años por el ministerio de Salud de la Nación, de hecho, uno de cada tres adolescentes de entre 13 y 15 años padecían sobrepeso u obesidad
Catherine Suter -autora principal del estudio y directora del Instituto Víctor Chang- explicó que “el descubrimiento podría tener aplicaciones inmediatas en salud pública. La salud de un bebé ha sido considerada responsabilidad de la madre desde el embarazo. Pero se ha prestado poca atención en cómo diversas cuestiones relacionadas al padre podrían afectar a un niño por nacer”.
Lo que dice la investigadora cobra especial sentido si se tiene en cuenta el contexto cada vez más desfavorable que genera la enfermedad: al menos 41 millones de niños menores de cinco años son obesos, y las cifras sobre sobrepeso crecen especialmente en los países en desarrollo, según uno de los últimos informes de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
El último “mapa mundial de obesidad”, divulgado por la OMS, determinó que en los tres países más australes del Cono Sur -Argentina, Chile y Uruguay- más del 60% de la población tiene sobrepeso, algo idéntico a lo que ocurre en Venezuela. Hace cinco años, cuando fue la última medición de este tipo, Argentina y Uruguay estaban por debajo de esa cifra, lo cual indica cómo ha empeorado el panorama.
Según la OMS, en concreto, el 63,9% de los argentinos tienen sobrepeso, comparado con el 63,2 % de los chilenos, el 62,4 % de los uruguayos y el 61% de los venezolanos. En tanto, el 23,6 % de los argentinos son obesos, cifra un poco mayor que los chilenos (23,3%), uruguayos (22,5 %) y venezolanos (20,3%).
Lo datos del organismo internacional entran en sintonía con las cifras locales: según una encuesta realizada hace dos años por el ministerio de Salud de la Nación, de hecho, uno de cada tres adolescentes de entre 13 y 15 años padecían sobrepeso u obesidad.
LA INVESTIGACION
Para declarar que el sobrepeso se puede saltar una generación y así transmitirse de abuelos a nietos, los especialistas australianos analizaron el efecto que produce la obesidad a través de tres generaciones. En aquellos adultos que consumieron una dieta a base de “comida chatarra”, alta en contenido de grasas y azúcar, todos sus hijos desarrollaron luego enfermedad de hígado graso y síntomas prediabéticos, como aumento de la glucosa e insulina en el torrente sanguíneo.
Los investigadores, incluso, se sorprendieron al encontrar que los “nietos” de los ratones obesos también estaban predispuestos a trastornos metabólicos, al igual que lo estuvieron sus “padres”. Esta predisposición, según Suter, se transmitió a los nietos, “aún cuando los ratones mayores comían bien y se encontraban metabólicamente saludables en el momento de la concepción”.
En los “bisnietos”, en tanto, la salud metabólica mejoraba significativamente. “En la tercera generación, la respuesta negativa exagerada a una dieta con alimentos poco saludables era casi ausente. Esta predisposición no es genética, sino que se adquirió. Eso significa que el daño se puede deshacer y, en última instancia, es reversible”, argumentó Suter.
Los científicos todavía no tienen claro cómo sucede esta programación multigeneracional, pero parece ser clave el esperma de los roedores. “Estamos trabajando para entender cómo los cambios en las moléculas del esperma podrían transmitir los efectos metabólicos de generación en generación”, concluyeron los hacedores de la investigación, del Sydney’s Victor Chang Institute y el Garvan Institute of Medical Research.
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