Los casos de víctimas que matan a delincuentes, y por lo tanto los convierten también en víctimas, tocan una fibra muy sensible de la sociedad. Se nota en los debates radiales, televisivos y a través de las redes sociales, donde las posiciones se expresan con con apasionamiento.
Casos como el del médico de Loma Hermosa o el del carnicero de Zárate, ponen en una dimensión de dramatismo extremo la problemática cotidiana y asfixiante de la inseguridad. Revelan -además- las consecuencias trágicas de la ausencia o la ineficacia del Estado frente a este agudo flagelo que lleva décadas agravándose en la Provincia.
Son casos que sensibilizan y que, de alguna forma, interpelan a la sociedad.
Las opiniones están basadas, por supuesto, en impresiones, en experiencias propias o ajenas, en la influencia del miedo, en la impotencia. No son opiniones “técnicas” sino emocionales. Se trata, en definitiva, de un debate teñido de emociones y atravesado por, fundamentalmente, por el miedo.
Los termómetros de la opinión pública marcan que la gente tiende a ponerse en el lugar del médico, del carnicero y de cualquier vecino que reacciona y dispara frente a la inseguridad. Desde ese lugar, cuesta analizar y debatir el tema con frialdad y racionalidad. Una encuesta de Aragón & Asociados refleja, por ejemplo, que un 54 por ciento cree que el médico actuó de manera correcta. Y más del 40 por ciento asegura que haría lo mismo si estuviera en esa situación. Un abrumador 78% cree que disparar contra un delincuente es un acto de “legítima defensa”.
El debate habla de lo que pasa en la Argentina y, en particular, de la Provincia.
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