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Al rescate de la intimidad perdida

Al rescate de la intimidad perdida

Por Redacción

Hoy es una palabra común, pero solo a finales del siglo XVII, en el preámbulo de la modernidad, se empezó a hablar del individuo. En su origen etimológico individuo significa “no divisible” Mientras los seres humanos se veían como parte de la naturaleza y absolutamente integrados a ella, las comunidades humanas no daban lugar al individuo, se convivía de un modo gregario. Así fue en un principio con las familias, luego las tribus, después las pequeñas villas. No era habitual que alguien se percibiera a sí mismo como una unidad apartada. El siglo XVIII traería una revolución en todos los paradigmas conocidos. Ya no se aceptaban los fenómenos naturales como designios divinos, se buscaba entenderlos, descifrar sus leyes. Así nació la ciencia como hoy la conocemos, y en ese proceso, al convertirse en observador (y luego interventor, a través de la tecnología), el hombre comenzó a observarse a sí y su propio acontecer como algo con leyes específicas. La sociedad humana dejó de ser una masa integrada a la totalidad del cosmos, se empezó a observar que cada persona es distinta de las otras y se prestó atención al hecho de que si se dividía a la población en partes cada vez más pequeñas (países, reinos, ciudades, condados, latifundios, familias y así en más), se llegaba una partícula que ya no admitía nuevas parcelaciones. El individuo.

Una experiencia humana

Aunque no se puede dividir en nuevas partes, es posible penetrar en el individuo. Y quien puede hacerlo es él mismo, mediante la auto observación, la percepción de sí, la captación de sus voces interiores, el reconocimiento de sus variados aspectos, la atención a sus emociones y necesidades. El sociólogo Richard Sennett, agudo y sensible explorador de los fenómenos humanos (“La corrosión del carácter”, “El respeto”, “El artesano”, son algunos de sus muy recomendables trabajos) estudia en “El declive del hombre público” esta parábola y sus consecuencias sobre la historia y los hábitos sociales. Dice allí: “En privado no buscamos un principio, sino una reflexión, aquella que se refiere a la naturaleza de nuestra psiquis, a lo que es auténtico en nuestros sentimientos”.

Con esta búsqueda del autoconocimiento (que se profundizó desde fines del siglo XIX, con la aparición de la psicología moderna, el psicoanálisis y sus derivados) nació también la idea de intimidad. A partir de la conciencia de sí misma cada persona comienza a construir vínculos específicos y particulares con otras. Se desprende de la multitud indiferenciada y teje esas relaciones a partir de intereses y búsquedas, de sentimientos alineados, de intercambios emocionales y vinculares que solo se pueden dar con algunos individuos y no con otros. Hay dos niveles de intimidad. En uno cada quien está consigo mismo, en los más profundo de sí, reconociéndose, auscultándose, escuchándose. En el otro, se teje una relación especial con una o más personas, relación sostenida en el intercambio de lo que cada una puede dar de sí.

Contar todo, mostrar todo, fotografiarse, vivir en el relato y la exhibición, minuto a minuto, de los hechos más nimios de la vida cotidiana, coleccionar “amigos”, “contactos”, “seguidores” y “me gusta” con cualquier pretexto y como si de ellos dependiera la certeza de la propia existencia, es un modo de darse vuelta como un guante, dejar todo afuera, perder la intimidad.

La intimidad es una experiencia exclusivamente humana, puesto que requiere del reconocimiento de la propia individualidad, de la diferencia entre ella y la individualidad de los otros con quienes nos relacionamos, y de la participación de ese recurso esencial y único que es la conciencia. Ella nos permite reconocernos como individuos y tejer nuestros vínculos y nuestra relación con el mundo.

Hay dos riesgos serios con la intimidad. El primero es convertirla en un fin en sí mismo, como bien advierte Sennett. Esto significa hacer del conocimiento de uno mismo un fin en sí antes que en un medio para conocer el mundo. El encapsulamiento en lo propio, la priorización exacerbada del “uno mismo” lleva, finalmente, a confundir intimidad con narcisismo. Como se sabe, embelesado con su propia imagen reflejada en la superficie del lago, Narciso no vio nada más y se acercó tanto al agua que terminó por caer y ahogarse. El otro riesgo parece opuesto a este aunque tienen cierto parentesco. Es el de perder la intimidad en el afán de publicitarla, de exponerla impúdicamente como si se tratara de lo más importante del mundo, de algo en lo que todos están interesados.

Ambos riesgos están presentes y se multiplican en estos tiempos. En el primer caso, la fiebre del “conócete a ti mismo”, alimentada por todo tipo de materiales llamados de “autoayuda” y por gurúes tan oportunistas como pasajeros, suele convertirse a menudo en un “despreocupate del mundo, olvídate de los demás, de su presencia y sus necesidades, dejá que cada quien se arregle como pueda, primero vos y después vos”. Esto incluye desde prácticas seudo espirituales, pasando por irresponsables experimentos terapéuticos hasta adicciones al cultivo del aspecto físico. Narciso resucita.

El otro riesgo es el de la incontinencia en cuanto a exponerse todo el tiempo y por cualquier motivo, a lo que las nuevas tecnologías y las redes sociales contribuyen de una manera que para muchos pasa inadvertida. Contar todo, mostrar todo, fotografiarse, vivir en el relato y la exhibición, minuto a minuto, de los hechos más nimios de la vida cotidiana, coleccionar “amigos”, “contactos”, “seguidores” y “me gusta” con cualquier pretexto y como si de ellos dependiera la certeza de la propia existencia, es un modo de darse vuelta como un guante, dejar todo afuera, perder la intimidad.

Convertirse en producto

En un ensayo breve, preciso y terminante titulado “La sociedad de la transparencia” el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han desmenuza este último caso. La idea de Han es que por este camino las personas se van convirtiendo a sí mismas en productos. Como tales, se exponen en las vidrieras de las redes sociales del mismo modo en que cualquier producto se expone en la vidriera de un comercio. Esa exposición casi maniática elimina filtros, metáforas, silencios, pausas. Es impúdica, dice Han, y de algún modo pornográfica, porque en la pornografía todo se ve, no hay imaginación, misterio, alegoría, sugerencia. La intimidad, desde que existe el concepto y se comprendió lo que significa, es sagrada, se construye y se cultiva cuidadosamente. Es el espacio en el que se guarda lo esencial de una persona, o de un vínculo, y desde donde se teje la relación con la comunidad humana, basándola a su vez en el respeto por la intimidad de los otros.

Ese santuario, cuya defensa es esencial, hoy cae sin ser atacado, señala con propiedad Han. Cada vez más individuos corren a desprenderse de su intimidad ante ojos que ni siquiera conocen, ansiosos por una señal (un “me gusta” o algo así, aunque no haya explicación acerca de las razones de ese gusto) que les diga que están vivos. Si Narciso se bastaba con sus ojos y prescindía patológicamente de cualquier otra mirada, quienes viven en estado de exposición necesitan de otras miradas (aunque sean fingidas) como si fueran el oxígeno que respiran.

Recuperar la intimidad como espacio de auto reparación, de reposo, de reflexión, de recepción para un otro elegido. Honrar el misterio esencial de cada individuo, rescatar el pudor, el respeto por uno mismo y por el espacio intransferible del prójimo. Esta es una plausible lista de prioridades a tener en cuenta antes de que la condición de individuo se disuelva, esta vez en un mar de instrascendencia.

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