La reciente edición en español de “Cómo fumar marihuana y tener un buen viaje”, un texto publicado originalmente en 1953 que desembarca ahora en la Argentina a excesivo destiempo, permite descubrir el germen díscolo que atraviesa la obra del sociólogo estadounidense, que desde una perspectiva no canónica ha realizado uno de los aportes más innovadores a la sociología moderna.
Para leer -o releer- una obra que se ocupa del consumo de la marihuana la primera condición es desatender los cambios producidos en el mapa social desde su publicación original hace 63 años, y situarse en una escena para la que el objeto de estudio resulta altamente disruptivo: acaso lo más interesante ya no sea concentrarse en el plano más literal de las formulaciones de Becker -que lucen un tanto desactualizadas- sino en los desajustes que se producen cuando un intelectual respetado intenta legitimar una práctica que una parte de la sociedad criminaliza.
“Cómo fumar marihuana y tener un buen viaje” -una antojadiza versión del título original, “Becoming a Marihuana User”- funciona como una muestra del inusual marco teórico de este pensador que dejó su marca en una rama de la disciplina conocida como “sociología de la desviación”, centrada en el estudio de las variables que determinan el consenso sobre las normas sociales y trazan una frontera entre lo prohibido y lo aceptado.
Autor de textos cruciales como “Outsiders: hacia una sociología de la desviación”, “Los mundos del arte: sociología del trabajo artístico” o “Para hablar de la sociedad, la sociología no basta”, Becker postula que el concepto de “desviado” no se centra tanto en el análisis de quienes transgreden una norma sino en las particularidades de aquellas grupos sociales que tienen legitimidad para imponer esa categoría sobre otros.
A mediados de los 50, este hombre que completó su doctorado en la Universidad de Chicago con apenas 23 años y es paralelamente un respetado pianista de jazz, sacudió el universo académico con “Cómo fumar marihuana y tener un buen viaje” (Siglo XXI editores), donde territorializa la utilización de cannabis como una práctica social que requiere de un aprendizaje y no denota desviación o patología, a contramano de un contexto que por aquel entonces equiparaba consumo con “abuso”.
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