“Hace tres años me hice un aborto con misoprostol”, cuenta Natalia, una empleada administrativa que hoy tiene 32 años y es mamá. “En ese momento hacía poco tiempo que estaba saliendo con un pibe en una relación que no era muy seria y tuve miedo de seguir con el embarazo sola. Tenía poco más de un mes cuando me di cuenta y fui a ver a mi ginecóloga para que me ayudara. Ella me habló de una alternativa farmacológica: el misoprostol”.
Utilizada para interrumpir embarazos, el misoprostol –un protector gástrico que se vende bajo receta médica- es la misma droga que quedó en el centro de una encendida polémica cuando semanas atrás militantes del partido Nuevo Encuentro dieron una charla sobre la forma de usarla a alumnos de 14 años del Colegio Carlos Pellegrini de Buenos Aires.
Aunque se la suele recetar para la prevención de úlceras, el misoprostol tiene entre sus efectos adversos el provocar contracciones uterinas que pueden expulsar el embrión. De ahí que la Organización Mundial de la Salud la recomienda en su “Manual para un aborto Seguro”, pero siempre bajo supervisión médica. Y es que su uso puede causar calambres y hemorragias, e incluso producir un peligroso resultado parcial.
“Estuve dos días en cama con mucho dolor de panza y hemorragias, como si tuviera una súper menstruación. Cuando terminó tuve que hacerme una ecografía para asegurarme que el aborto había sido completo porque de no ser así puede producirse una infección. Además de que fue muy traumático, me dejó una sensación de la que no creo que pueda olvidarme. No estoy segura de si lo volvería a hacer”, cuenta Natalia.
Si bien no existen estadísticas oficiales, algunas organizaciones calculan que unas 400 mujeres mueren cada año en Argentina por complicaciones de abortos ilegales. En su inmensa mayoría son jóvenes de escasos recursos que se someten a intervenciones quirúrgicas clandestinas.
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