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Sinfonías para el olvido

John Williams, autor de la mítica música de “Star Wars”

Por Redacción

Lejos de los días en que uno salía del cine tarareando el tema principal de un filme, la música incidental del cine hoy está diseñada para pasar desapercibida. Motivos de un fenómeno moderno

El ejercicio es sencillo y revelador: intente recordar el tema principal de “La Guerra de las Galaxias”; inténtelo también con la franquicia de James Bond, con Batman, o Harry Potter; y ahora, tararee una canción, cualquier canción, de la banda de sonido de una cinta de las muchas que ha lanzado en la última década, Marvel.

Las preguntas fueron planteadas por el editor cinematográfico Tony Zhou en su canal de YouTube, “Every Frame a Painting”, dejando a la mayoría muda ante el remate de su encuesta. Pero el objetivo de Zhou no era criticar a la multimillonaria franquicia, la más poderosa de la historia con más de 8.000 millones de dólares embolsados. Ni siquiera comentar en la creciente pereza de las bandas sonoras del nuevo milenio. El ensayo audiovisual de Zhou apunta a señalar un problema más profundo: la falta de riesgo y creatividad en la industria cinematográfica.

La falta de música reconocible, himnos de esos que se tararean inconscientemente y se utilizan de ringtones, en los grandes “tanques” de esta era, se debe en gran medida a la necesidad de Hollywood de apostar por lo seguro. El modelo cinematográfico del siglo XXI se basa en el éxito de un número muy acotado de grandes películas por estudio, en las cuales se invierten cientos de millones en producción y más en la fuerte promoción: su éxito es indispensable para seguir filmando, y un fracaso estrepitoso deja al estudio severamente herido.

Por supuesto, aún en películas defenestradas por la crítica y la audiencia, la fuerte campaña promocional consigue evitar las derrotas estrepitosas. Y también colabora que la audiencia sepa qué esperar, en términos de tramas y estéticas, y se sienta cómoda revisitando una película que le es familiar.

REPETICION

Allí es donde la composición de la banda sonora pierde su creatividad. La música incidental de las cintas de acción y aventura modernas es poco memorable, por ejemplo, porque es compuesta para repetir musicalmente, a través de melodías previsibles, lo que vemos en la pantalla. Ante un personaje alegre, suena una música alegre, y ante la tristeza o el dolor, la canción se torna previsiblemente oscura, y siempre acorde a una sensibilidad “estándar”. Todas las emociones que transmite la música son, así, esperables.

Este uso de la música no provoca sorpresa o contraste, y tampoco consigue ampliar emocionalmente una escena: simplemente suena de fondo, a tal punto que en muchas ocasiones la música incidental es un fondo casi automático, diseñado para no interferir en la película. En un filme moderno, el silencio no es una opción, por lo que grandes fracciones de una cinta son rellenados con melodías automáticas y frías, apenas perceptibles. “Como el sonido del aire acondicionado, cuando algo suena de fondo durante demasiado tiempo, simplemente lo ignorás”, señala Zhou el motivo por el que estas bandas sonoras contemporáneas son olvidables.

La teoría imperante este siglo detrás de esta decisión estética es que la música no debe notarse. “¿Por qué no debería notarse?”, afirma Danny Elfman, compositor de algunas de las bandas sonoras más inquietantes de los 90 en sus colaboraciones con Tim Burton. “Crecí viendo los filmes de Alfred Hitchcock, y noté cada nota de las composiciones de Bernard Hermann. Me desconcierta que esa sea la idea hoy de la unión de la música y cine”.

Que la música solamente acompañe y no destaque ha colaborado con crear melodías cada vez más previsibles, pero también a reducir el riesgo: menos libertad para el compositor es menos riesgo. Y la forma en que se compone la banda sonora no ayuda: al compositor le llega una copia casi terminada del filme, acompañado con “música temporal”, extractos de otras bandas sonoras que transmiten la esencia de lo que el director pretende para al escena.

El problema, sin embargo, es que de la esencia se ha pasado a la imitación: enamorados de la música temporal, los directores y productores piden a los compositores crear músicas apenas diferentes a las originales, para evitar dilemas legales (que igual tienen lugar), reproduciendo el efecto, que impera hoy sobre el espectador, de que todas las bandas sonoras suenan igual.

“La música temporal es mi perdición, cuando el director se enamora de ella mi trabajo se vuelve imposible”, afirma Elfman, frustrado: y la frustración proviene de esta costumbre, que excede a la música y afecta a la industria, de reutilizar lo que ya funcionó. La fórmula de seguir las fórmulas se está transformando en un problema para Hollywood, hoy una maquinaria de reboots, spin offs, precuelas y secuelas que no parece advertir el agotamiento de su modelo debido a los miles de millones que produce.

“Todas las opciones que se escuchan en una película de Marvel provienen del mismo deseo: mantener todo lo más seguro posible. No es que la música sea mala, es solo que es insípida e inofensiva. Y porque Marvel sacrifica riqueza emocional por estas opciones seguras, el resultado final es que nadie recuerda su música. El público no recuerda las opciones previsibles”, afirma Zhou: una declaración que bien puede extrapolarse a toda la industria.

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