Por NICOLAS NARDINI
ANALISIS
La patria futbolera argentina vivió una noche de fiesta. Todos, sin excepción, los puristas, los pragmáticos, los que se paran en una vereda, en la otra, o un poco más allá, disfrutaron de la inspiración del genio del fútbol mundial, una vez más ataviado con los colores celeste y blanco. Aquella renuncia que no fue ya es historia. Forma parte de un triste recuerdo que se quedó tan solo en lo mediático y jamás llegó a concretarse en lo deportivo. Porque en la primera convocatoria tras la fatídica final de New Jersey, Lionel Messi volvió a subirse el avión para cruzar el océano y defender los colores de su selección. Entonces, le dio forma a un raro regreso porque, en realidad, nunca se fue.
Si lo emocional ya tenía una fuerte magnitud anoche en Mendoza, por la carga simbólica de ver al mejor del mundo con la “10” de la Selección Nacional tras la renuncia que no fue, lo estríctamente futbolístico elevó a niveles insospechados el peso específico de lo que significó para el fútbol argentino todo contar con el genio nacido en Rosario. En cada gesto, cada acción, cada creación (porque no dudemos que Leo es un artista del balompié), la Pulga puso su inigualable impronta. Como los genios de las artes, Messi sorprende porque es capaz de romper lo establecido una y otra vez, es una máquina de destrozar estereotipos. Cuando parece que su repertorio empieza acabarse, saca un conejo de la galera y vuelve a romper los moldes.
Si lo presionan de cerca, le tira un caño a Corujo y lo ridiculiza. Si lo doblan, dice “nada por aquí, nada por allá”, y sale para el lugar menos pensado, y deja a Lodeiro impotente y rendido ante la magia del mejor de todos. Y si lo rodean entre varios, los rivales corren el riesgo de que ocurra lo que derivó en el gol albiceleste: doble amago, quiebre de cintura y remate con desvío en uno de sus tantos marcadores, para que la pelota termine besando la red.
HAY ALGO PERSONAL
¿Qué es lo que ratifica a Messi todo el tiempo como el mejor del mundo? Su espíritu constante de superación. Es un hombre empecinado en romper barreras. Si bien nadie tuvo siquiera el atisbo de reclamarle algo, por las dudas, Messi se tomó el partido de anoche como un desafío especial. Lo tomó como algo personal ¡Y vaya si cumplió! En cada pelota se notaba su afán de dejar en claro que estaba de regreso. Pisó fuerte, su producción fue directamente proporcional al amor que le profesaron los miles de hinchas que anoche lo vivaron y le expresaron su gratitud por seguir deleitando a los argentinos con su magia.
Las lágrimas derramadas en los Estados Unidos son parte del pasado. El crack tiene el don especial de borrar sucesos tristes creando pasajes futbolísticos que llenan los ojos de todos. Entonces ¿quién le reprochará el penal a las nubas en el Met Life Stadium si dos meses después apila rivales como un niño en una partida de Play Station? Pero no solo de genialidades vive el mejor de todos. También de compromiso, ese que se trasunta en su conmovedor esfuerzo para recuperar el balón cuando lo posee el adversario. Y hasta de astucia, aquella que apareció cuando se tiró casi como centrodelantero para fijar a los centrales rivales y evitar que Uruguay pudiera adelantar todas sus líneas para llevarse a la Argentina por delante.
Anoche, la historia de Messi tuvo un nuevo capítulo inolvidable, de esos que irán a parar a la hemeroteca de todos los futboleros. El mejor es así, su capacidad de sorprender no tiene fin.
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