A los 56 años falleció Ricardo Leonardo Lerea, un reconocido abogado de la Ciudad que fue respetado por su desempeño profesional y apreciado por sus virtudes. Su partida provocó numerosas muestras de dolor, no solo en su círculo íntimo, sino también entre quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo.
Había nacido el 22 de noviembre de 1959, en Mar del Plata. Fue el hijo mayor del ingeniero Hertzel Alberto Lerea y de la arquitecta Julia Teresa Pla y creció junto a sus hermanos Gustavo David y Alberto.
Su familia llegó a La Plata cuando él era aún muy pequeño por lo que cursó la primaria en Gonnet y, cumplida esa etapa ingresó al colegio Albert Thomas de donde egresó como maestro mayor de obras.
Sin embargo su orientación profesional se inclinó por el Derecho y en la Universidad Nacional de La Plata obtuvo el título de abogado.
A partir de ese momento ejerció la profesión de manera independiente y asesoró a numerosas empresas.
En 1989 se casó con Miriam Mónica y radicó su hogar en la zona de Tolosa, barrio por el que sintió un gran apego. De la unión nacieron sus dos hijos, Alejandro David y Fernanda Elizabeth.
Le gustaba interactuar con sus hijos y los amigos de ellos, una forma de mantenerse actualizado e interesado por sus proyectos y vivencias.
En cuanto el tiempo se lo permitía, viajaba a Mar del Plata que además de ser su ciudad natal fue el lugar al que consideró su segunda casa.
Su familia y su profesión ocuparon buena parte de sus días, pero siempre se hizo un tiempo para sumarse a causas solidarias y, en particular, para colaborar con grupos proteccionistas de animales.
Ricardo Lerea siempre se interesó por el otro y ayudó a numerosas asociaciones civiles.
Uno de sus pasatiempos preferidos fue la lectura, le gustaba hacer un pormenorizado análisis de cuestiones sociales, políticas y económicas y esas eran las temáticas que más buscaba tanto en periódicos como en libros.
En el terreno deportivo fue simpatizante de Estudiantes de la Plata.
También disfrutaba de los viajes y paseos junto a su esposa e hijos.
La familia, los amigos y el barrio fueron para Ricardo Lerea un motor que siempre lo impulsó a ir por más, a tender una mano, a acompañar y compartir.
Por su naturaleza cordial, abierta y alegre nunca le costó mantener sus vínculos y cosechar numerosos amigos y conocidos entre los que despertó respeto y simpatía.
En ese marco, mantuvo el ritual de reunirse casi todos los sábados con sus amigos más cercanos.
A los suyos y a su profesión le entregó lo mejor de sí, por eso sin dudas, será recordado como un hombre de bien que tuvo una vida prolifera.
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