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Los pibes con miedo

Por Redacción

La inseguridad crece exponencialmente con altos grados de violencia. Son los jóvenes las principales víctimas de los robos, y por eso ellos mismos generan códigos y estrategias para cuidarse. Un flagelo que alarma a la población y parece no tener fin. La visión de los especialistas y el debate abierto sobre la edad de la imputabilidad

Por

Manuel López Melograno

Cerca del 80 por ciento de los asaltos que se producen en las calles de la ciudad son -según cifras oficiales- cometidos por jóvenes delincuentes que no superan los 25 años; en su mayoría, menores de edad. No hay barrio platense que se salve de la inseguridad y la estadística agrega un dato cualitativo. En los últimos años, el nivel de violencia se ha incrementado exponencialmente, y por eso un hurto o un robo menor, muchas veces termina con serias heridas para la víctima, o incluso con la muerte. Todas las mediciones confirman que la inseguridad sigue siendo para la población la problemática que más preocupa, modificando las rutinas de las familias y reduciendo la calidad de vida notablemente. Los chicos y jóvenes figuran entre las principales víctimas.

las víctimas más accesibles

Parado en su casa del barrio de Meridiano V, Ramiro Fernández, 16 años, reconoce que después que le robaron a los 13 años “te quedas un poco perseguido un tiempo y te da un poco de cagazo salir a la calle, pero empezás a cuidarte más, a fijarte bien a dónde vas, dónde te metés”. El adolescente confiesa: “En los lugares donde más te roban es donde menos gente pasa, por eso cuando salgo del colegio voy con mis amigos y si ando solo siempre voy por lugares donde hay mucho tránsito”.

Ramiro, que se crió en ese barrio tradicional de clase media platense, asegura que muchas veces han intentado robarle pero lo advirtió a tiempo y salió corriendo. Y agrega un dato actualizado: “Muchas veces, aunque vayas en grupo, te encaran igual porque ellos son muchos, van en bandas de cinco o más”. Otra de las cosas que los jóvenes con más calle como él advierten es que los delincuentes “no saben disimular cuando te miran o persiguen”. Desde la puerta de su escuela secundaria, el Padre Castañeda de 13 y 69, concluye: “Robarte te roban en cualquier lado”.

“El panorama está muy difícil, cada vez hay más delitos y más agresivos, al tiempo que crece el número de homicidios en ocasión de robo, de modo que no solamente roban: también matan, o generan heridas de todo tipo”, dice Javier García, quien es presidente de la Comisión de Seguridad y vicepresidente del Concejo Deliberante de La Plata. El edil asegura que la situación tiene dos causas. Por un lado, la situación general de inseguridad en todo su esplendor, y por otro, la gran cantidad de estupefacientes que tienen encima a la hora de delinquir. “Están pasados de droga y ni siquiera miden lo que están haciendo. No se conforman con obtener lo material; te sacan hasta la vida”.

Intoxicados y violentos

Entre un 70 y un 80 por ciento de los robos en la calle son cometidos por menores, algo que se repite en todo el territorio argentino. La marginalidad, sumado al fácil y rápido acceso que tienen a las drogas desde pequeños -que les hacen perder los frenos inhibitorios-, cometen el delito sin tener conciencia de lo que están haciendo. El paco y la marihuana desde muy chicos; la misma cocaína en algunos casos ,o incluso las drogas de diseño, que se han popularizado y ya son de más fácil acceso y más baratas que antes. Un círculo vicioso letal: roban para consumir, consumen para robar, roban para consumir, y así sucesivamente.

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Una noche del pasado mes de marzo ,Josefina Pérez (20) volvía del centro a su casa de Los Hornos. Eran las nueve de la noche en la esquina de 66 y 156 cuando se bajó del colectivo en la parada y empezó a caminar -siempre alerta, celular en el corpiño- las tres cuadras para llegar a la calle 63, donde vive con su familia. De pronto el sonido de una moto interrumpió en la tranquilidad de la noche. Se dio cuenta que no tenía luces y que venían dos flacos que al verla desaceleraron. Sin detener su paso, en un movimiento, metió la mano en su busto y tiró el teléfono a la zanja. Fueron menos de 10 segundos los que pasaron hasta que la moto la alcanzó y se le cruzó adelante. “Flaca dame el celular”, le gritó el acompañante que se bajó y comenzó a revisarla. “Pará, no tengo teléfono me lo robaron hace dos semanas”, les respondió sin resistencia. El ladrón encontró un bulto en su bolsillo delantero y le preguntó qué llevaba. “Es la sube, tomá”, le dijo ella, que no tenía más nada encima. Pero “ni la agarraron”.

Josefina asegura que se camina con miedo y recuerda que esa noche llegó asustada a su casa a pedir ayuda y que la acompañaran con una linterna a buscar su teléfono entre los pastos. Por suerte pudo encontrarlo. “Entre calles, de 60 a 66, está jodido” avisa. Y agrega:”Dicen que ahora está más complicado pero los robos no son de ahora. Hace años que padecemos robos todo el tiempo”.

La realidad confirma todos los días que el celular es el botín predilecto de los jóvenes delincuentes y la elección se explica en que es lo más rápido y fácil de robar . Con facilidad se puede desbloquear y vender en el mercado negro. Así, las víctimas son en su mayoría chicos o adolescentes que se intimidan más rápido u ofrecen menos resistencia que un mayor. El efecto sorpresa reduce y paraliza al menor, que tiene -en general- una reacción más pasiva que el adulto.

Entre los consejos que daban los abuelos y suelen dar los padres es que los hijos se muevan en grupo. Pero ya no alcanza, claro. Los delincuentes en los últimos tiempos dejaron de andar solos o en yuntas y se mueven -como se ha dicho- en grupos numerosos, y entonces encaran igual. Como si fueran leones atacando una manada de antílopes, esperan a que corran, que alguno se caiga o quede relegado y lo “hacen”.

Dentro de las nuevas modalidades de prevención que se escuchan por estos días, se observa que los chicos se comunican permanentemente por WhatsApp. Arman su grupo y con la tecnología se mantienen en contacto permanente para avisarse si ven grupos sospechosos de pibes en algún punto de la Ciudad. Se pasan las alertas. Los propios jóvenes están atentos y por eso conocen algunos lugares en el centro y los barrios donde “paran” las banditas y por donde saben que es mejor no pasar ni cerca.

Al recorrer la zona norte del Gran La Plata, Facundo Lara, 15 años, de Gorina, cuenta que cursa la secundaria en la tradicional Escuela N°12 de Gonnet. “Casi siempre te roban la billetera y los celulares; andan casi todos con facas buscando algún desprevenido, alguien solo en la parada”, dice el joven que reconoce que hasta ahora “viene zafando”, al tiempo que se lamenta porque muchas veces, “nos enteramos cuando roban a algún compañero por el grupo de whtasaap que tenemos del curso, pero ya es tarde”.

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Mientras en los últimos 15 años se ha multiplicado el delito y la violencia ha crecido exponencialmente, las bandas delictivas se reparten por todo el mapa de la Ciudad, con algunos barrios con alta conflictividad que se vuelven complicados para los mismos agentes de seguridad, como por ejemplo Altos de San Lorenzo, Villa Ana o Puente de Fierro.

Pero a pocas cuadras del centro, en la zona que comprende el cuadrado de avenida 7 a 122 y de 66 a 60, los motochorros hacen estragos, mientras que la banda conocida como “Los nenes” ya se hace fama desde el 2014 por los robos en patota en todo el sector, con foco sobre la diagonal 73, la zona roja y distintos comercios del perímetro señalado. “Los buenos somos más pero alguno de estos pendejos andan armados. Lo peor, dice un antiguo comerciante, es que ellos están 3 horas en la comisaría y a uno, que hace la denuncia, lo tienen 7 horas como mínimo.”

“Estos niños que estuvieron ´en riesgo´, después pasaron a ser ´grupos de riesgo´, es decir, delictuales. Eran chicos que estaban marginalizados -provenían de familias disociadas y vulnerables-, y después se hicieron delincuentes”, reconoce el ex comisario general de la Policía de la Provincia y experto en tribus urbanas, Oscar Terminiello, al tiempo que confirma: “Todos los pibes que hacen entraderas, robos de autos, y robos en la calle son en un 75 % menores de 25 años”. Para el especialista, la necesidad de un abordaje integral del fenómeno es indispensable.

El abordaje integral como política de Estado

“Si no nos ponemos de acuerdo entre todos y lo tomamos como una política de Estado, esto no va a cambiar. Hay muchos sectores entre los que se encuentra la política, la policía y la justicia que deben trabajar realmente en coordinación”, afirma García desde la comisión de Seguridad del Concejo Deliberante. “Se debe dar un mensaje fuerte al delincuente que sepa que acá no se jode, que si comete un delito lo va a pagar, y que ser terminaron las complicidades y connivencias”, sostiene.

Primer alerta de bandas

Consultado sobre cómo los vecinos pueden empezar a notar el accionar de una banda o pandilla delictiva en sus barrios, Terminiello -que además es licenciado en Seguridad- sostiene que existen señales como los ataques a las salas de primeros auxilios, los incendios a las escuelas como la de 7 y 60, entre otros. Además, los grafitis y tatuajes son otra señal de pandillas o grupos delictivos, que se identifican con marcas clásicas tumberas como los cinco puntos o la lágrima en la cara o las manos. El gauchito Gil es otra imagen emblema de estos grupos pandilleros.

En términos generales, comienzan a molestar en el barrio con lo que se conoce como actividad “pre delictual”, comercio de droga al menudeo, o venta de información para que otros grupos roben en el barrio; mientras que después otras bandas realizan los asaltos.

En medio de los rumores de la llegada de las famosas “Maras” luego de la detención de una banda de peruanos que fabricaban drogas sintéticas en Buenos Aires, Terminiello arroja un dato: “Acá, hablar de las Maras es apresurado. Si tenemos una cantidad de grupos indefinidos, sectorizados por barrios y zonas de las que se han adueñado y que sobreviven combatiendo territorialmente con otros grupos por poder, por venta de droga o información. Algunos son más organizados y ya llevan dos o tres generaciones de delincuentes, pero La Plata no es Los Ángeles, donde hay cuatro pandillas que lo manejan. Eso no es cierto”.

Mientras tanto, los chicos conviven con el miedo en todos los barrios de la Ciudad. Les roban a la salida de las escuelas, en cualquier esquina, en cualquier horario. Y desarrollan, en ese contexto, códigos frente al temor cotidiano. Son una generación con miedo, que sale todos los días de su casa con la idea de que alguien les puede arrebatar las zapatillas, el celular, la mochila.

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