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Atrocidades condenadas y agenda internacional

Por Redacción

Una suerte de alivio colectivo se vivió esta semana cuando Martínez Poch fue condenado a 37 años de prisión. Y fue él mismo quien se encargó de confirmar que la sentencia era merecida. Con el gesto provocador y repugnante que hizo al escuchar el veredicto (convertido en foto de la semana) demostró los niveles de perversidad y de psicopatía que lo convirtieron en una amenaza pública.

La Ciudad estuvo muy atenta al desarrollo de este juicio en el que se ventilaron las atrocidades más aberrantes por las que este hombre fue condenado. Violaciones, torturas físicas y psicológicas, vejaciones y secuestros de mujeres que lo habían amado: ex parejas y sus propias hijas. Resulta perturbador, porque Martínez Poch fue -al mismo tiempo que cometía estos hechos- un platense que se movía con naturalidad por distintos ámbitos. Mucho de esto ocurría en un departamento de la calle 23 entre 58 y 59, donde los vecinos lo conocían y saludaban.

El juicio fue el largo relato de una pesadilla. La angustia a flor de piel de Vanesa Rial, la mujer a la que sometió durante mucho tiempo, fue de alguna forma la angustia de otras miles de mujeres que se sintieron identificadas con su sufrimiento. Por eso el miércoles, cuando se leyó la sentencia, hubo una suerte de alivio colectivo.

Mientras tanto, conmovió esta semana el relato del médico que mató a un ladrón armado cuando intentaba asaltarlo. La Justicia discute ahora las circunstancias precisas en las que ocurrió, y deberá calibrar si hubo o no un exceso en la legítima defensa. Pero es difícil no comprender el sufrimiento de un hombre que vino de Paraguay, del seno de una familia pobre, a estuduar Medicina a La Plata y que vivió años de sacrificios, privaciones y trabajo para forjarse su propio porvenir. El médico Lino Villa Cataldo perdió, en el mismo momento en el que mató al delincuente, mucho más que la seguridad. Su vida no volverá nunca a ser la misma. Amenazado, atormentado, lastimado y enjuiciado, perdió, quizá para siempre, su tranquilidad, su semblante sereno, y -peor aún- la paz de su familia.

Estas son las tragedias a las que llevan la inseguridad y el descontrol. El caso del médico (que ha disparado el debate que este diario refleja en la nota central de esta edición) no es aislado. En La Plata, sin ir más lejos, se produjeron en agosto nueve crímenes en 18 días. Al menos sesis fueron en asaltos. Y en tres casos, fueron ladrones los que murieron.

La agenda internacional tuvo un fuerte peso en la semana. Aunque anunciada, la destitución de Dilma en Brasil marcó un hito en la historia de ese país. Y, por supuesto, tuvo repercusiones en Argentina, donde muchos asumen frente al proceso brasileño posiciones contrapuestas.

Fue impactante, a su vez, la marcha opositora en Venezuela; expresión de un país que sufre una crisis sin precedentes, con penurias que condicionan, directamente, la dignidad más elemental.

En la escena doméstica, fueron otra vez los conflictos gremiales los que marcaron el ritmo. Un nuevo paro docente dejó el viernes a millones de chicos sin clases. En hospitales bonaerenses también volvieron a parar. Y el mismo viernes, fue muy nutrida la marcha del sindicalismo duro en la Plaza de Mayo, donde estuvieron también varios emblemas del kirchnerismo, como Boudou y D`Elía.

El enrarecimiento del clima gremial tiene directa relación con una economía que no logra despegar. Esta semana se conoció el índice de producción industrial, con una cañida de más del 7 por ciento en relación al año anterior.

Por suerte volvió Messi y volvió la Selección. Se podrá discutir el rendimiento colectivo, pero el triunfo frente a Uruguay, con un impecable gol de la Pulga, generó -de alguna forma- la sensación de que el fútbol puede volver a dar una alegría.

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