Por
Sergio Sinay
E l amor tal como lo concebimos, pensamos y experimentamos no viene con nosotros. Lo que sí está en nuestra naturaleza es la capacidad de amar, las herramientas para construir el amor. Ni la palabra “herramientas”, ni la palabra “construcción” aparecen aquí por azar. Hace largo tiempo que destacados filósofos, pensadores y exploradores del acontecer humano abonan la idea de que el amor no es un fenómeno mágico ni sobrenatural. Es una construcción humana, un lazo profundo, sanador, trascendente, inspirador que dos personas tejen, puntada a puntada, a través de acciones y actitudes concretas que tienen al otro como destinatario. Y, en tanto construcción, el amor es una conquista humana, un logro que expresa la riqueza y la diversidad de nuestra especie.
La gran filósofa alemana Hana Arendt (cuyas obras sobre los orígenes del totalitarismo y sobre la condición humana son ineludibles) decía que nacemos humanos pero tenemos el deber moral de convertirnos en personas mediante la conciencia y los valores. Somos humanos como especie (como los gatos son felinos o los perros caninos), y la moral y el amor nos hacen personas. Moral y moralismo no son sinónimos. La moral empieza por el reconocimiento del otro, del diferente, por el respeto hacia él y por la asunción y el ejercicio de valores que reafirman ese reconocimiento y ese respeto. Por eso moral y amor marchan de la mano, como señala el pensador francés André Comte-Sponville. Moral es hacer lo que se debe para honrar la convivencia entre personas. Moralismo es decirles a otros lo que deben hacer en función del pensamiento dogmático de quien lo ordena. Moralismo y amor son opuestos.
Moralismo es decirles a otros lo que deben hacer en función del pensamiento dogmático de quien lo ordena. Moralismo y amor son opuestos.
Víktor Frankl, médico, psiquiatra y profundo pensador humanista (autor de esa obra esencial que es “El hombre en busca de sentido”) sostenía algo que podría recordar a Arendt. Los humanos, decía, compartimos con las demás especies ciertos condicionamientos biológicos y psíquicos (puesto que también los animales tienen psicología). ¿Qué nos diferencia, entonces? Una dimensión que nos es propia. La dimensión espiritual, que nos permite trascender, ir hacia el otro, realizar valores, expresar sentimientos, comprendernos como partes de un todo que es más que la suma de sus partes. Esa espiritualidad incluye a la religiosidad, pero va más allá de ella. Abarca a todos los humanos, es una potencialidad que cada uno puede consumar independientemente de sus condiciones, características y de si es creyente o no.
Con todo esto se construye el amor. Es una construcción artesanal. Un arte, según lo definió otro gran pensador, Erich Fromm, en “El arte de amar”. Y los artistas y artesanos tienen que entrenarse, formarse, experimentar. El arte de amar, de acuerdo con Fromm, consiste en establecer los puentes que permiten a cada uno salir de su angustiante singularidad e ir al encuentro del otro. Si esto no fuera posible, el hecho de ser únicos e inéditos sería para cada uno de nosotros una fuente de angustia existencial más que un don. El amor nos rescata así de lo que Fromm llamaba “separatidad” (la sensación de estar irremediablemente solo y aislado).
Todo lo que los humanos construimos a lo largo de nuestra historia tiene un nombre: cultura. Se habla de cultura en donde el ser humano deja una huella, construye, modifica, agrega. Si el amor es una construcción podemos hablar de una cultura amorosa. Llegar a esa cultura llevó un largo tiempo. De hecho, el amor no fue un ingrediente esencial en el inicio de la pareja humana. El matrimonio nació en realidad como un modo de ordenar las filiaciones y los patrimonios, como bien lo recuerda el economista y psicólogo catalán Lluis Casado en su ensayo “La nueva pareja”. Había que saber de quién eran los hijos y a dónde iban a parar las dotes y las herencias. Sin eso las querellas, a menudo sangrientas, y las disputas estaban a la orden del día. Que los cónyuges se amaran no era prioritario. No los unía el amor sino los mandatos familiares. Era como si se casaran las familias y no las personas.
Transcurrieron muchos siglos para que el amor se abriera paso y las elecciones afectivas de las personas determinaran la conformación de la pareja. Fuertes mandatos sociales y familiares, rígidos dogmas mantenían al hombre en su papel de productor y proveedor económico y a la mujer como procreadora y cuidadora. La irrupción del amor debió atravesar prohibiciones, correr peligros, transitar lo clandestino y con frecuencia enfrentar la tragedia. Sólo bien entrado el siglo XX (no hay error: siglo XX) el amor fue fundamento indiscutido de la pareja humana. Tras dos guerras que pusieron a la humanidad ante la posibilidad de su extinción hubo una reacción contra mandatos que maniataban sentimientos profundos e impedían su consagración en encuentros amorosos plenos y fecundos. Muchos movimientos de liberación de la segunda mitad de ese siglo fueron síntomas de la necesidad de ampliar, oxigenar y fecundar el campo de las relaciones afectivas (el amor libre, la sexualidad de la mujer asociada al amor y no solo a la reproducción, las segundas oportunidades amorosas tras la aceptación del divorcio como parte de la experiencia humana, la plasticidad de la pareja manifestada en diversas formas de búsqueda afectiva y no en un molde único y rígido, son algunos de esos síntomas).
Una cultura amorosa ni se construye ni se mantiene con prejuicios, con descalificaciones, con dogmas inflexibles, con puniciones, con culpa
Trascender lo meramente instintivo, extender la existencia humana más allá de los determinismos biológicos o psíquicos, acceder a la condición de persona y hacer del encuentro entre dos seres un acto amoroso y espiritual en el sentido más amplio y profundo de la palabra, significa incluir e integrar en ese encuentro todo lo que una persona es: mente, espíritu y cuerpo. Estos son los tres ingredientes esenciales del amor. Falibles, incompletos, en búsqueda y transformación permanentes, los seres humanos hemos logrado incluir el amor como pilar de nuestra cultura. Él nos eleva por sobre la condición animal. Aunque imperfecta y por lo tanto perfectible (como toda creación humana) vivimos en la cultura del amor. Y una cultura amorosa ni se construye ni se mantiene con prejuicios, con descalificaciones, con dogmas inflexibles, con puniciones, con culpa. Sí con aceptación, con respeto, con celebración de la diversidad. Negarse a esto es clausurar la propia capacidad de amar. Es regresar a la oscuridad de la que nos rescató el amor.
SUSCRIBITE a esta promo especial