La sorpresiva caída en segunda ronda del Masters 1000 de Miami ante su compatriota Horacio Zeballos y lo molesto que se lo vio con su físico durante ese encuentro habían vuelto a abrir un signo de pregunta sobre sus posibilidades de volver, al menos, a cumplir un papel digno en el siempre exigente circuito ATP.
Muchos daban por descontado que no volvería nunca a mostrar el nivel que lo llevó a lo más alto y también esbozaron la posibilidad del retiro, el tandilense pareció cambiar el chip y armó un calendario a su medida. Así, en mayo anunció que no jugaría Roland Garros para apuntar a la gira de césped y a la chance de volver a estar en una serie de Copa Davis.
Lentamente, y no sin un esfuerzo inconmensurable mediante, las constantes molestias fueron siendo cada vez menos frecuentes, los resultados comenzaron a aparecer y la cabeza de Del Potro pareció hacer un clic que terminó siendo determinante en el este presente.
Fue así como, luego de quedar eliminado en tercera ronda de Wimbledon ante el francés Pouille, el tandilense se abocó íntegramente a otro de sus grandes objetivos: el regreso a la Copa Davis tras cuatro años. Y las cosas salieron a la perfección. Junto a Guido Pella, vencieron en el punto de dobles a la pareja italiana en un punto que luego sería clave para sellar el pasaje a las semifinales del certamen del conjunto capitaneado por Daniel Orsanic.
Del Potro, ya “amigado” con su físico, había cumplido otra de sus metas post lesión: su reconciliación definitiva con el público argentino. La “Torre de Tandil” estaba de vuelta.
Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro era otra de las citas a las que el jugador de Tandil no quería faltar en este 2016. El debut sería nada menos que ante el serbio Novak Djokovic.
El mundo del tenis -casi en su totalidad- lo daba por eliminado. Hasta él mismo admitió que no podía creer su mala suerte. Pero el destino le tendría preparado un capítulo inolvidable. Apenas el primero de una seguidilla que, hasta hoy, sigue entregando emoción tras emoción.
Jugando, por escándalo, el mejor tenis en varios años, Del Potro silenció al mundo entero al eliminar al serbio por un doble 7-6.
La final ante Andy Murray fue otra “guerra” de más de cuatro horas en la que, esta vez, el ganador iba a estar del otro lado. Pese a haberle robado un set y a jugarle de igual a igual al británico (en un nivel superlativo), Del Potro se iba a terminar conformando con llevarse la medalla de plata.
Horas después, y tras ser recibido como un héroe en su regreso al país, la organización del US Open confirmó su invitación para el cuadro principal. Anunciado con bombos y platillos, el campeón de 2009 volvía a jugar “en el patio de su casa”. El último Grand Slam del año contaría con un Del Potro del que, a esta altura, ya hablaba el mundo entero.
Como en 2009, año que lo vio en la cima, el debut fue ante un argentino. En aquella ocasión había sido Juan Mónaco y esta vez le tocaba presentarse ante Diego Schwartzman. ¿El resultado? El mismo. Victoria contundente en tres sets para dar el primer paso.
El 142º del mundo (ranking mentiroso si los hay) siguió su camino e hilvanó una serie de triunfos a plena confianza. Así pasaron nada menos que Steve Johnson (22º), David Ferrer (13º) y el austríaco Dominic Thiem (10º), el cuarto top ten al que Del Potro logró batir tras su inactividad.
Los fríos números, muchas veces elocuentes y otras tantas insulsos, no dejan demasiado margen. En su camino a los cuartos de final del US Open, el tandilense no cedió un set y, literalmente, pasó por encima a cada uno de sus rivales, todos ellos de la elite del tenis m undial.
Sin embargo, saliendo del análisis matemático, lo que no deja de sorprender es el majestuoso nivel desarrollado por Del Potro. A su característica “bomba” de drive (sin dudas la mejor del circuito), le sumó efectividad en el primer saque, precisión en el segundo, una volea mejorada producto de su trabajo en el dobles y, sobre todo, la recuperación de ese revés a dos manos que lo tuvo a mal traer en cada una de sus presentaciones posteriores a la larga inactividad.
Esa maldita muñeca izquierda le había imposibilitado golpearlo con comodidad y durante gran parte del año se lo vio pegando con slice, apenas un recurso para salir del paso. Así era como sus rivales advertían esta falencia y volcaban prácticamente todo su juego para ese lado. Hasta ahora...
Sea cual sea el resultado, el jugador que tanto luchó por esto podrá igualmente darse por satisfecho. De aquel desilusionado y solitario Del Potro que corría en una cinta pidiendo “volver a ser feliz”, hoy sólo queda un vago recuerdo.
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