Sofocados, por no decir asados a fuego lento, por las delicias de un verano que se niega a ofrecer jornadas por debajo de los 30º, la Ciudad discurre por la segunda quincena de enero que pese a las inclemencias climáticas, se muestra más afable de lo esperado. Las calles siguen semivacías, los temidos cortes de luz no aparecieron con la fuerza que se pronosticaba y salvo los ya endémicos cortes o bajones de presión de agua en barrios densamente poblados, podría decirse que el platense medio surfea sobre las olas de un verano casi ejemplar.
¿De que se habló en la semana? De Donald Trump, of course, que ya es el Presidente de los Estados Unidos y mete más miedo que los alacranes que supieron aparecer por Berisso y Barrio Norte y del llanto de Melconian al despedirse de los empleados del Banco Nación.
También tuvo lo suyo el aumento en el presupuesto de los Diputados y de los Senadores bonaerenses (60 millones de pesos y 90 millones de pesos por capita, respectivamente) y las vacaciones de la gobernadora Vidal en México, tema este tan traído de los pelos, que ni siquiera vale la pena detenerse en él.
Lo de los legisladores, en cambio, es un poco más complicado. Frente al crecimiento presupuestario respecto del año pasado (50 % y 41,2 % respectivamente), siempre anida la sospecha de la utilización de fondos para el sostenimiento de la política, más aun en un año electoral.
Cristina Fernández de Kirchner también se las compuso para dejar su marca. Su ya famoso “Usá Internet,...” quedará, al menos, como la frase del verano.
Por estos pagos -el lunes más precisamente- nos desayunamos con la triste novedad de que una patota de desaforados la había emprendido contra “la” calesita de Tolosa destruyéndola en una actitud que resulta difícil comprender.
El daño quedó sepultado debajo de la solidaridad de los vecinos que ayer nomás se congregaron para reparar las roturas y recuperar a uno de los símbolos de la zona. La misma solidaridad que la Ciudad mostró para ayudar a los damnificados por las inundaciones en el norte Bonaerense y a los que se quedaron sin techo en la lejana localidad jujeña de El Volcán por culpa de un alud. Es histórica la vocación del platense por salir en socorro de aquellos a los que la vida -o la naturaleza- golpeó. En esas respuestas, tal vez, anide la necesidad de retribuir la inconmensurable ayuda que anónimos donantes de todo el país nos hicieron llegar en los fatídicos días de abril de 2013. Una forma de decir “no olvidamos a quines estuvieron con nosotros”.
Mirar hacia atrás, entre otras cosas, sirve para caer en la cuenta de que ya pasaron veinte años (¡veinte años!) de las jornadas en las que Brad Pitt caminó (no mucho, por cierto) por las calles de La Plata para filmar unos minutos de “Siete años en el Tíbet”.
Lo triste de la historia es que la proeza de convertir a la estación de trenes de La Plata en un perfecto escenario de una terminal férrea de Austria en pleno dominio nazi (con locomotoras y vagones de época, estandartes hitlerianos y todos los detalles), resultó más sencilla, al parecer, que hacer llegar el servicio eléctrico desde Berazategui hasta 1 y 44.
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