Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
El ser humano fue creado por Dios en justicia y santidad; pero, abusando del precioso don de la libertad e instigado por el Maligno, el mismo ser humano se levantó contra Dios, pretendiendo alcanzar su desarrollo y su propio fin al margen e incluso en contra de Dios. Es decir que Dios es conocido y reconocido, pero no es alabado ni obedecido. Se optó por servir al mal y oponerse al Bien. Así es como una ingente multitud prefiere vivir en la estupidez y en la infelicidad. El pecado consiste en no reconocer a Dios como Dios y, por lo tanto, en no reconocer la dependencia total que cada ser humano tiene respecto de Dios. Pero, porque la dependencia de Dios y la ordenación a Dios son la verdad más radical del ser humano, lo contrario a esa verdad - el pecado - aliena al individuo de la verdad y lo abisma en el error. Cuando la criatura racional rompe su vínculo con su Señor y Creador, se distancia de la verdad, ya que la verdad de su ser es la dependencia de Dios y la ordenación a Dios como Sumo Bien. ¡Cuántos humanos presumen vivir sin Dios! Y viven en contradicción con su verdad más profunda: esa contradicción es la raíz de todas las alienaciones del ser humano. Y son los que dicen, con aire de suficiencia, “Si Dios existiese, no podrían existir los pobres, las injusticias, las guerras…” Sí, porque la alienación de Dios sumerge también en una gran ignorancia, ya que en realidad, porque el humano vive negando la existencia y la obra amorosa de Dios es que no hay equidad, ni verdad, ni justicia, ni amor… El mal del pecado es la causa de todos los males.
Sin embargo, el pecado - que corrompe al humano - no lo corrompe al colmo de que le impida escuchar la voz de Dios a través de su conciencia. La verdad de la dignidad humana permanece aun después de la rebeldía y del pecado, y de hecho exige continuamente la conversión, el cambio, el retorno al único que es Señor y Dador de todo bien.
Al vivir el humano fuera de la verdad se constituye en una mentira existencial (que es el pecado). Y, buscando la felicidad que no encuentra en su real dimensión, necesita ahogarse en aquello que lo humilla y denigra; buscando el poder y el placer en sus dimensiones más nefastas, junto a vicios y perversidades… El pecado puede satisfacer porque es apetitoso, como también puede amortiguar, entretener, dilatar, engañar… Así como el alcohol atrae a los ebrios, pero les va arruinando el hígado, o los dulces, que siguen tentando al diabético, siendo, con todo, fatales para su salud. Tales espejismos duran mucho o breve tiempo, pero por cierto se termina definitivamente con la muerte.
¡Cuántos seres humanos presumen vivir sin Dios! Y viven en contradicción con su verdad más profunda: esa contradicción es la raíz de todas las alienaciones del ser humano
Es necesario que todos los seres humanos, y sobre todo los que profesan la fe cristiana, asuman con responsabilidad, sin atenuantes, el sentido del pecado y sus nefastas consecuencias en deterioro de la verdad y de la sana libertad individual.
El pecado es una realidad que deteriora la imagen de Dios grabada en cada ser humano por el mismo Creador, que hemos de respetar y defender, oponiéndonos con denuedo a toda especie de mal, a toda ocasión próxima de pecado.
El callar o marginar el misterio del pecado significa ubicarse fuera de la perspectiva de la salvación, es decir de la misma fe cristiana, que esencialmente es “fe en Aquel que resucitó a nuestro Señor Jesús, el cual fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom. 4, 24-25). Quien quiera ser feliz y gozar de la auténtica alegría debe comenzar por renunciar al pecado para siempre.
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