Algunas negativas y ciertamente penosas experiencias registradas en los últimos años justifican la resolución de la cartera educativa bonaerense, que decidió prohibir el uso de las aulas para que se realicen actividades partidarias, en una resolución que marca también otros límites para el tratamiento de los temas extracurriculares en los ámbitos de la enseñanza.
Tal como se informó, la medida impulsada por la dirección general de Cultura y Educación bonaerense prohíbe desarrollar en las aulas actividades político-partidarias, en un texto que, obviamente, deja las puertas abiertas a encuentros que analicen aspectos de la realidad o promuevan la discusión de ideas, siempre y cuando se aborden desde la pluralidad y se eviten las voces sesgadas.
Emitida como Resolución Nº7/07, la medida pasa a integrar el cuerpo normativo que regula el empleo de las sedes escolares -tanto fuera del horario de clases como durante los feriados y días no laborables- para la convocatoria de jornadas educativas, deportivas, culturales, recreativas y solidarias.
Se descuenta que la resolución procura vedar la utilización de los edificios escolares para prácticas que en tiempos recientes generaron polémica entre padres y docentes y fueron caracterizadas como intentos de adoctrinamiento. Para dejarlo totalmente en claro, aún cuando no lo detalle: se rechaza la presencia de las pecheras azules de la Cámpora, de la pintura naranja de las paredes con la tonalidad que identificaba a la anterior gestión provincial y de los globos amarillos que traducen las posiciones del actual oficialismo. Lo que se impide es la propaganda propia de todo color político-partidario, no el acercamiento de los chicos y jóvenes al fenómeno de la política.
Han existido lamentables excesos, con supuestos manuales escolares plagados de elogios para los gobernantes de turno. Se utilizaron las cátedras docentes para adoctrinar a los alumnos en una sola dirección ideológica, en lo que resulta ser un desprecio a la esencia de la educación que es la de capacitar a los jóvenes para elegir entre varias opciones y, en este caso, para abordar el tema de la política sin condicionamientos o sesgos partidarios.
Reiteradamente se ha señalado en esta columna que las graves deficiencias del sistema educativo reclaman de los organismos del Estado a cargo de la educación una reacción perentoria, que debiera traducirse en el impulso de acciones encaminadas a revertir un panorama tan negativo como preocupante.
La promoción de actividades proselitistas en las aulas no es un camino adecuado para iniciar una recuperación. Por el contrario, entre los pilares que sostuvieron aquella magnífica estructura que exhibió la educación pública en la Argentina, fueron la libertad absoluta para acceder al conocimiento, la ausencia de preconceptos y de fórmulas discriminatorias, las que forjaron la grandeza.
La actividad política partidaria tiene múltiples escenarios para desarrollarse. Desde los locales partidarios a los salones públicos y la propia calle como receptores de todas las militancias, constituyen algunos de los lugares en los que, afortunadamente, los ciudadanos pueden defender sus ideas. Pero no son las aulas los ámbitos adecuados y, mucho menos, cuando se pretende exponer a los alumnos a cualquier tipo de prédica unificadora y, por consiguiente, inevitablemente totalitaria.
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