Especial para EL DIA
RICARDO CASTELLANI
FOTOS: ROBERTO ACOSTA
Están todo el tiempo arriba del mangrullo atentos a lo que suceda en el mar, cruzando miradas con los puestos linderos para intercambiar ayuda, si hiciera falta. Es la labor diaria de todos los guardavidas, salvo que estos son platenses que trabajan en el Partido de la Costa y que además son voluntarios, es decir que no cobran por su tarea, sino que lo hacen por pura vocación.
Más aún, viajaron desde nuestra ciudad como cualquier veraneante con su familia, alquilando un departamente y costeando sus gastos. Solo que, en lugar de pasear o tomar sol en la playa, se parapetan con sus torpedos y salvavidas para arriesgar sus vidas llegado el momento de la acción.
“Somos egresados del SUGARA de La Plata, la escuela de guardavidas -cuenta Alejandro Amado, 32- y nos anotamos para prestar servicios durante el verano en la Costa. Yo cumplo mi función desde las 9 de la mañana hasta las 8 de la noche, y cuando me preguntan por qué lo hago como voluntario, digo que salvar una vida es algo que llena el alma, dfícil de explicar con palabras”.
Alejandro es del barrio de Romero, y a su lado está Matías Carricaburu (41) quien en nuestra ciudad vive en la zona de plaza España.
“Es como dice Alejandro -reafirma Matías- cuando lograste sacar el cuerpo y la persona rescatada está fuera de peligro, la satisfacción es enorme aunque ni siquiera te lo agradezcan, porque en esos casos las personas sienten mucha verguenza, y aunque nunca más la veas. Salvar una vida es increíble”.
“Es por eso que una de las reglas básicas que nos enseñan -interviene Cristian “Negro” Carrizo (38) otro platense, en su caso de Los Hornos- es el del tiempo. Si vos tenes que tomar el puesto a las 10, tenes que estar a las 10 menos cinco y ya preparado. En el agua en un minuto una persona se muere, y ¿como le explicás a su familia que vos llegaste un minuto tarde?”.
En la charla, los ojos nunca se desvían del mar. “El mar bueno no existe -coinciden los tres platenses- siempre hay un peligro, una corriente, una canaleta, cualquier cosa. Y hay que estar atentos, especialmente al lenguaje corporal, una persona en peligro se delata inmediatamente a través de sus movimientos”.
Si el mar bueno no existe, ¿hay acaso días tranquilos?
“En temporada, nunca -señalan- todos los días pasa algo. Hace un rato tuvimos que entrar por una pareja que había quedado detrás de la rompiente, a 80 metros de la costa, y la corriente los iba llevando para el sur. Cuando vimos que ya no controlaban la situación, porque sus expresiones lo decían todo, entramos los cuatro del puesto, y en 50 segundos estuvimos allí con ellos. El primero que llega los amarra y los tranquiliza, eso es lo fundamental, porque una vez que están controlados, sacarlos es lo más fácil, y además para eso tenemos todo el tiempo del mundo. Una vez que están asidos, ya están salvados. Lo importante es llegar rápido”.
También, los intercambios de miradas con los guardavidas del puesto siguiente son continuas. ¿Por qué?
“Es clave, porque este es un trabajo en equipo -cuentan- el otro día un grupo de 11 personas quedó aislado del lado del muelle, que es uno de los sectores más peligrosos. Vimos que el compañero del otro puesto se metió, y atrás de él, en diagonal, fuimos nosotros. El llegó bien y los contuvo, pero nos dijo que en la corrida se había desgarrado. O sea que ¡nadó 200 metros desgarrado y los salvó a todos!. Nosotros solo los sacamos, a los auxiliados y a nuestro compañero también”.
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