Con su vocación rupturista, interpeladora de los límites y las posibilidades del lenguaje, fundó una tradición poética que fue acaso incomprendida en su tiempo y ahora, a cincuenta años de su muerte, atraviesa las poéticas contemporáneas y es recuperada en los múltiples homenajes a su obra. Apenas seis libros desde el iniciático “Veinte poemas para ser leídos en el tranvía” le alcanzaron a Oliverio Girondo (1891-1967) para articular una voz singular que aportó a la poesía una renovación de temas, estilos y lenguaje desde una mirada aguijoneada por el afán experimental y la intención de multiplicar los alcances del género por fuera de los círculos eruditos.
Desenfado, humor o ironía fueron algunos recursos que el poeta puso en juego para articular una escritura original que se abasteció del paisaje urbano, la tecnología y la observación implacable del amor y el sexo que irrumpe en obras como “Persuasión de los días”, “Campo nuestro”, “Espantapájaros” y “En la masmédula”.
“La obra en su totalidad cobra un peso único y se vuelve una masa múltiple, imposible de sintetizar o reducir a una única estética”, señala el poeta Sebastián Goyeneche. El vate y editor de Nulú Bonsai Editora de Arte es el artífice de un homenaje que tuvo lugar el jueves pasado en la Biblioteca Ricardo Guiraldes, donde tres poetas y una videoartista reprodujeron el clima de sus composiciones utilizando principalmente la voz y el cuerpo, pero también valiéndose del sonido y la imagen como instrumentos.
No es el único homenaje al escritor que tiene lugar por estos días, ya que hasta mediados de marzo se puede ver en la Biblioteca Nacional una exposición que sale al rescate de la vocación iconoclasta de Girondo a partir de un recorrido que abarca dibujos, ilustraciones, grabaciones de sus lecturas y una escultura gigante con la que el escritor promocionó el lanzamiento de su obra “Espantapájaros” en 1932.
“La obra de Girondo es de culto y circula entre los que debe circular. Sin lugar a dudas está replegado a nivel editorial y crítico -sostiene Freddy Yessed-. Tengo una amiga francesa, Solenne Lallia, que vino a Buenos Aires a hacer su tesis doctoral sobre Girondo y se llevó una sorpresa cuando no encontró gran cosa editada. Luego decidimos traducirlo, pues no estaba traducido al francés. Nos quedamos más sorprendidos cuando ninguna editorial francesa nos quiso publicar la traducción porque ‘no era muy conocido’.
No es el único homenaje al escritor que tiene lugar por estos días, ya que hasta mediados de marzo se puede ver en la Biblioteca Nacional una exposición que sale al rescate de la vocación iconoclasta de Girondo
Yessed es colombiano pero reside de Buenos Aires, donde estudia las modalidades del poema en prosa. Ha publicado “La sal de la locura” -Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández- y “El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein”.
“Creo que esa dificultad hace parte del enigma. Es uno de los autores que más se leen de la literatura hispanoamericana y está entre los cinco poetas más referenciados de Argentina -explica-. Como Vallejo, Girondo nunca se inscribió en ninguna vanguardia: ellos mismos son vanguardia y son escuela, sin necesidad de manifiestos. Girondo escribió para no ser olvidado. Seis libros de poesía nada más, y se leen todos con la misma inquietud: la de estar leyendo, después de 50 años, algo nuevo”.
Para el investigador, crítico literario y traductor Jorge Monteleone, la obra de Girondo permaneció replegada hasta la década del 80, cuando empezó a ser resignificada por las nuevas generaciones: “Es posible que en los años sesenta-setenta su obra tuviera menos visibilidad y circulación, también a partir del lugar de Borges (que lo detestaba, pero por razones menos poéticas que vitales) pero desde los años 80 nuevas generaciones de poetas y críticos tuvieron una nueva percepción de su revolución poética y se lo situó en el centro del canon”, explica.
Uno de los grandes aportes de Girondo fue acaso su trabajo con el lenguaje. Gran parte de su aporte se puede leer como un intento de forzar sus límites, de vulnerar las convenciones de la representación, como se percibe particularmente en la escritura de “En la masmédula”, donde la imposibilidad semántica para dar cuenta del mundo lo empuja a la utilización de neologismos como “Aridandantemente” o “Soplosorbos”.
“Girondo es varios poetas: la primera vanguardia más infantil, carnavalesca, burlona, donde los objetos se revolucionan, la arquitectura y los vehículos se personifican, el absurdo domina todo, muy palpable en su primer poemario, se va convirtiendo primero en una visión de mundo más grotesca, irracional y paródica (en ‘Espantapájaros’) y luego hacia el final de su obra en una conciencia existencialista, crítica, metafísica, excesivamente ácida, ingobernable”, apunta Goyeneche. Para el editor, muchos poetas jóvenes y no tan jóvenes lo han leído y fueron marcados por la poética del autor “pero eso no significa que sea algo palpable, marcable en un poema o en un verso específico”.
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