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El sentido del pecado

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

A fines de la primera mitad del siglo pasado, el papa Pío XII había tenido una expresión que se hizo casi proverbial: “El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado”.

El Evangelio señala con vigor la autoridad de Jesús sobre los demonios, a quienes expulsa “con la fuerza del dedo de Dios” (Lc 11, 20).

Jesús libera muchas veces de la enfermedad, por sobre todo de la terrible enfermedad del pecado. Así, al presentarle a Jesús un paralítico, para ser restablecido, antes le anuncia: “Tus pecados te son perdonados” (Mt 9, 2).

Sin embargo, en nuestro tiempo constatamos que se ha debilitado mucho la conciencia de pecado. A causa de una difundida indiferencia religiosa, o del rechazo a Dios, o de las ideologías nefastas como es el relativismo, muchos varones y mujeres pierden el sentido del vínculo con Dios y sus mandamientos. Además, también son muchos los que se obsesionan en la pretensión de una libertad absoluta, que se considera impedida por Dios, el Señor del universo.

Lo grave es que todo ello depende en gran parte de la pérdida del sentido del pecado. “Es necesario hacer que la conciencia recupere el sentido de Dios, de su misericordia y de la gratuidad de sus dones, para que pueda reconocer la gravedad del pecado, que pone al ser humano contra su Creador… (San Juan Pablo II, discurso del 25.08.1999).

Tener “sentido del pecado” equivale a ser sensible ante el pecado, es decir a tener la debida percepción de la malicia del pecado.

A causa de una difundida indiferencia religiosa, o del rechazo de Dios, o de idelogías nefastas como es el relativismo, muchos varones y mujeres pierden el sentido del vínculo con Dios y sus mandamientos

Tener sentido del pecado también es tener sentido de la realidad, porque veremos las cosas como son y por lo tanto veremos el desorden como tal. Asimismo, tener sentido del pecado es ser objetivo y llamar la realidad por su nombre.

Cuando, por su afección al pecado, la persona se distancia de Dios va debilitando su vínculo filial con Él hasta el extremo que no le importa ni piensa en la conversión y el perdón.

Entonces Dios deja de tener sentido en su vida. Como consecuencia se extingue también el sentido del pecado, aunque la persona quede prisionera de su pecado y no sea feliz. Así, en esa resistencia interior, su conciencia adquiere cierta impermeabilidad, y a esa actitud de mente y corazón corresponde la pérdida del sentido del pecado.

Esa pérdida del sentido del pecado, que es una flagrante injusticia, engendra lo que se denomina “cultura de la muerte”, y san Pablo denuncia que “por su injusticia los hombres retienen prisionera a la verdad” (Rom 1, 18), habiendo renegado de Aquel por Quien se vive.

El profeta Isaías advierte contra los que tergiversan la verdad: “¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien…!” (5, 20). Ay de quienes niegan la verdad del pecado y comenten el mal… pues se degradan y encaminan hacia la peor ceguera moral.

Sin embargo, no es posible eliminar completamente el sentido de Dios ni apagar la conciencia, por lo cual tampoco se puede borrar completamente el sentido de pecado.

El verdadero sentido del pecado, así como el sano remordimiento, conducen al ser humano a reconocer el propio pecado y su condición de pecador: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti…” (Lc 15, 21).

San Juan Pablo II declara: “Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual, que afecta al ser humano de nuestro tiempo.” (Reconciliatio et paenitentia, 02.12.1984, 18 in fine).

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