Llegan bien temprano por la mañana. Cuatro cajones, o un par de caballetes y un tablón alcanzan para montar el negocio que, poco después del mediodía -cuando el sol aprieta y arruina la mercadería- serán levantados con la misma premura con la que fueron instalados. Los más previsores, hasta se arriesgan con un par de sombrillas para aportar algo de sombra reconfortante.
Los de tomates, bananas y todo tipo de productos de estación para comprar al paso ya forma parte del paisaje cotidiano y gana espacio entre los habituales vendedores de chucherías, inflables, anteojos para sol, carteras, ropa interior, medias y todo lo que se pueda vender (ilegalmente, se recuerda) en la veredas de la Ciudad.
Como si fuera un laberinto interminable, o una carrera de obstáculos, los peatones andan a los tropezones entre la creciente montaña de feriantes que toman como propio el espacio público que, como bien se sabe, es de todos.
Hoy, las verdulerías a cielo abierto son lo que hasta hace pocas horas fueron los vendedores de pirotecnia.
Con el invierno, seguramente, será el turno de los guantes, los gorros y la bufandas.
La ciudad convertida en un inmenso mercado persa, donde todo vale. Donde nadie pone orden. Donde manda la ilegalidad.
SUSCRIBITE a esta promo especial