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Mal de males

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas

El peor de los males que puede cometer un ser racional es el pecado, sin lugar a dudas, es decir: la acción u omisión voluntaria contra la ley de Dios o contra la naturaleza creada por el mismo y único Señor del universo; lo cual consiste en decir, pensar, desear, hacer u omitir algo contra los preceptos del Decálogo o de la Iglesia, o faltar a la observancia de los propios deberes y obligaciones personales.

Este enunciado no admite descuentos ni rebajas.

El ser humano no tiene derecho a proceder según su limitado arbitrio en cuanto se refiera a los valores morales. Por lo cual y a modo de ejemplo cabe señalar que el sólo hecho de fumar es un pecado.

No juzgo su gravedad, sólo afirmo que se trata de un pecado porque, como lo ha demostrado la medicina actual, atenta con la salud de quien fuma y de quienes están a su alrededor, por lo cual ofende a Dios que es el dador de la vida.

El fumador es, aunque cueste decirlo, un drogadicto, y por ende una persona que atenta contra el bien de su vida.

El pecado es un hecho real que escapa a la razón, es irracional.

Ni la ciencia (psicología, antropología, historia, ética) puede penetrar su profundidad; pero aunque no afecte en nada a la inmutabilidad de Dios, ciertamente ofende a Dios que es negado y rechazado por quienes Él ama infinitamente y para quienes quiere lo mejor.

Si alguien pretendiera afirmar que el pecado no puede ofender a Dios habría que recordarle que Dios nos ama y por lo mismo le desagrada el desprecio humano a sus designios de bienestar y salvación. La inmutabilidad de Dios de ninguna manera implica su indiferencia.

La gravedad del pecado está en el rechazo a la Voluntad de Dios, en el desprecio efectivo de su designio, más que en la transgresión material de la ley. Por eso, puede haber pecado sin que haya transgresión material de la ley si existe un repudio implícito en la intención; mientras que puede haber transgresión de la ley sin que haya pecado, si no hubo rechazo voluntario a Dios.

El pecado es un hecho que no se improvisa, sino que se va gestando en el interior humano. Las reiteradas infidelidades a Dios y a su Ley, como los apegos desordenados consentidos y la irresponsabilidad en las ocasiones próximas, son los gestores de la transgresión y el desprecio real al Querer divino.

La verdad en toda su grandeza y crudeza permanece en el ser humano aun después del pecado - tanto por comisión como por omisión - y exige una conversión.

El ser humano pecador está como acorralado por un antagonismo o colisión: en cuanto humano no puede vivir contra la verdad; en cuanto pecador rechaza la verdad y procede en contra de ella. Pero es la verdad la que lo acusa, haciéndose condenadora de su pecado.

Cuando el pecador reconoce y asume el desorden cometido se hace presente en su conciencia la necesidad de una reparación. Esto indica con qué profundidad están arraigados en el corazón humano la necesidad y el deseo de superar aquella alienación que es consecuencia y signo del pecado.

Jesús - verdadero Dios y verdadero Hombre nacido de María Virgen por obra del Espíritu Santo - se declara a sí mismo “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 6). Sólo Él hace posible que se logre una satisfacción definitiva de salvación, y todas las instancias de liberación del pecado que la humanidad pecadora ha vivido y sigue viviendo todavía, queden sanadas por su misericordioso perdón en la celebración del sacramento de la Reconciliación.

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