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Por Redacción

L eandro González Pirez está en el centro del rectángulo de juego. Es el intervalo del partido de la NBA que Orlando le está ganando a Houston Rockets. Suena la música, la gente recorre las gradas, algunos compran comida, otros souvenirs y la mayoría sigue en sus butacas observando a esos seis desconocidos, que están vestidos como jugadores de fútbol y le apuntan al aro.

Primero va uno de camiseta negra y le erra al tablero. Después le toca al de Leverkusen, toca el aro y erra. Hasta que llega el turno del albirrojo. En su primer intento desde la línea de triple falla. En el segundo la pelota ingresa, previo golpe en el tablero. El tercer intento es el mejor de todos: la bola entra limpia y clara. Hay un explosión en la platea. “Estudion, Estudion”, gritan jugadores, dirigentes y allegados. La gente no entiende nada. González Pirez levanta los brazos y festeja como un gol. Un señor que come dos panchos casi en simultáneo y toma gaseosa, le pregunta al cronista de este medio. ¿Quién es?

La visita ya está cumplida. Los demás jugadores insisten con el básquet pero no pueden ni saben cómo meter la pelota. Ya ganó el jugador albirrojo, que de premio se lleva una camiseta de Orlando Magic. De todos modos, cuenta luego, su mayor premio fue la experiencia de estar adentro de esa cancha, donde tiempo atrás supieron brillar Shaquille O’Neal y tantos otros.

No marcha bien el equipo local en el campeonato. Pero igual el viernes el Amway Center está repleto. Claro, la mayoría va a ver a James Harden, la nueva estrella del básquet norteamericano. Hasta esa suerte tienen González Pirez, Estudiantes y este medio. Fue la noche elegida por el destino para vivir un momento increíble.

Los jugadores de fútbol ya son historia. El partido sigue. La visita se recupera y empieza a jugar en serio. Pasa al frente y maneja el partido a su antojo. Pide minuto el entrenador local y sigue el show. Primero ingresan unos personajes con zancos para arrojar camisetas a las alturas con unas pistolas especiales. Luego, en otro minuto, es el turno de una batucada. Más tarde el juego de mirar por las pantallas. Todos los espectadores participan, incluso los de Estudiantes, que bromean entre ellos. Verón está ahí y levanta los brazos como uno más.

Las porristas arengan desde afuera y más tarde aparece la mascota de Orlando, un dragón al que todos respetan. No importa que otra derrota esté por consumarse. Nadie insulta ni cuestiona al árbitro. Es otra cosa, que los argentinos no entenderemos, para bien ni para mal.

El partido parece que ya no importa, mejor dicho el resultado. Nunca importó, verdaderamente. Gran parte de los hinchas llegó para el segundo cuarto, otro se fue a falta de algunos minutos, y casi todos desfilaron por el predio para hacer algo, mientras estas estrellas de básquet juegan a un deporte que en Estados Unidos es lo máximo.

Pitazo final y saludos. La platea se empieza a vaciar. Aquellos que se van son abonados, otros pagaron entradas desde 35 dólares. Pero casi todos pasaron por los “cuidacoches” norteamericanos, que a cambio de ¡20 dólares!, dejaron sus autos en la zona. Para pagar la mitad hubo que cruzar la avenida, la vía y más allá.

Los souvenirs van desde los 5 dólares. También hay juegos, salas de video, múltiples puestos de comidas y lo que uno imagine. También el señor que vende cerveza helada a cambio de 8 dólares la lata de medio litro.

La noche está terminada. Los jugadores de Estudiantes se van contentos. El micro espera. Los videos, fotos y recuerdos quedan para siempre.

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