Las primeras jornadas de la temporada veraniega en las playas de Punta Lara se vieron caracterizadas por la presencia de miles de visitantes que escaparon del calor y que decidieron refugiarse y recrearse en ese balneario. Tal como se informó, un verdadero aluvión de sombrillas, reposeras, sillas plegables y otros elementos propios acompañaron a esa verdadera multitud que eligió las aguas del Río de la Plata.
Por eso es que, más allá de las numerosas modificaciones que merece ese punto recreativo del verano -entre las principales, una sustantiva mejora de sus caminos de acceso- corresponde aludir primeramente a la necesidad de que las autoridades garanticen los correspondientes niveles de seguridad a sus visitantes.
Tal como se detalló en la nota publicada recientemente en este diario, se conoce que el frente costero de Punta Lara abarca 18 kilómetros, de los cuales cerca de diez están habilitados para bañarse y ocho, para la práctica de pesca deportiva. Fueron muchos quienes hicieron uso de sus kayacs, motos de agua, semirrígidos, gomones, lanchas y veleros, mientras otros practicaban windsurf, esquí acuático y hasta se animaban al kitesurf.
Se sabe, también, que existen reiteradas y especiales recomendaciones de prudencia por parte de los turistas, que obedecen de la experiencia del cuerpo de guardavidas, conocedor de que el Río de la Plata es impredecible pues se comporta según los caprichos del viento y el fuerte influjo de las crecidas, lo que causa de continuo situaciones de riesgo. En cuestión de muy pocos minutos, sea por las mareas por los cambios climáticos y sin dejar de lado, tampoco, los zanjones con mayor profundidad que suelen presentarse, la playa puede convertirse en una verdadera trampa. Por ello es valiosa la consigna de los rescatistas, que dice: “Si prima la prudencia, pueden evitarse las emergencias”.
De allí que no deberían desestimarse, en modo alguno, los negativos antecedentes que se sumaron a lo largo de muchos años. Ya sea numerosos bañistas como deportistas que se internaron como nadadores o con tablas, botes u otros elementos náuticos, que atravesaron contingencias dramáticas y, lamentablemente, muchos de ellos no pudieron ser rescatados. No es un secreto para nadie que el río es muy peligroso y que, por consiguiente, resulta imprescindible disponer de un cuerpo suficiente y confiable de guardavidas.
Decisiones adoptadas hace muchos años -como la realización de patrullajes permanentes con gomones, la disponibilidad de ambulancias de alta complejidad y la realización de campañas de concientización acerca de los peligros existentes en el lugar- debieran ser mantenidas y perfeccionadas. Tales medidas, se recordará, surgieron no sólo como corolario de varias reuniones mantenidas entre funcionarios municipales y los sectores que tienen injerencia en el tema, sino como producto de una experiencia de muchos años.
Es de esperar, por consiguiente, que tanto las maniobras de adiestramiento de los bañeros como la batería de medidas de carácter preventivo se cumplan en forma meticulosa, sin perjuicio de impulsar todas aquellas otras alternativas que sirvan para el mismo fin: dotar al balneario popular de nuestra región de los mayores niveles de seguridad posibles.
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