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Cuando las mujeres se ponen al volante

Por Redacción

Por | ALEJANDRO CASTAÑEDA

 Mail: afcastab@gmail.com    
Periodista y crítico de cine

El rey de Arabia Saudita firmó un decreto revolucionario: se autoriza a las mujeres a manejar autos, algo que estaba terminantemente prohibido. Hace tres años, cuando ellas presentaron un petitorio, la más alta autoridad religiosa de Arabia Saudí, el Consejo Supremo de Fatuas, dictaminó “que levantar la prohibición de que las mujeres conduzcan autos, dejaría al país sin vírgenes en el plazo de una década”. Década ganada o década perdida, según se mire. Si las dejaban manejar, agregaban, “se generaría un aumento de la prostitución, la pornografía, la homosexualidad y el divorcio”. Alarmista pronóstico caminero de un turquerío mal pensado. Pero aquella advertencia en su momento caló hondo. Los dueños de casa tomaron nota. Las vírgenes, como las reservas, vienen en caída y los musulmanes a su manera adoptaban el cepo más estricto para impedir que la doña salga sola y alguno le haga la boleta.

Pero eso ya fue. Ahora ellas podrán conducir. En el mundo, siempre lo han hecho. Toda mujer sabe que en la calle está la marcha. Hartas de ocupar calladitas la ventanilla del acompañante, las señoras de aquellas lejanías, como las de todo el mundo, aguardan que la aduana masculina les deje ir sacando la mano para doblar en busca de nuevos horizontes. En tránsito y solitas le tomarán el gusto al empujón y al guiñe. No ignoran que la cosa no está para ser sólo compañera de rumbo. Un auto siempre promete encontronazos venturosos. Es un territorio íntimo y secreto. Podrán escuchar su música y mirarán lo que se les ocurra, sin sentirse observadas y juzgadas. Incursionarán por atajos desconocidos. Ya no se conformarán con llevar el termo y ajustar críos y mapas. Piloteando, alcanzarán ese pico de libertad y zozobra que ellas buscan en cada volantazo. Y entre curvas y rotondas aprenderán que el placer de la marcha está en saber adelantarse y saber dejar pasar, una receta que va más allá de los caminos.

El avance imparable de las mujeres se basa en pequeñas conquistas. Sus batallas no son sangrientas. Van de a poco, dejando que el tiempo haga su tarea, sabiendo que día a día ganan nuevos llaveros que abren otras puertas. Querían conducir, aunque sea un coche de baja cilindrada, sentir la dicha de tener entre sus prolijas manos el volante y las luces, para trazar destinos y alumbrar sueños. Al lado de sus hombres han aprendido mucho a quejarse. Y cuando salgan a la ciudad llevarán un botiquín de advertencias que, como corresponde, lo pondrán al costado, junto a esa cartera que guarda fragancias y secretos. Los maridos avisan: ojo, los caminos son difíciles. Además de la velocidad, en cada kilómetro acechan tinieblas y emboscadas. Pero ellas no temen. Siempre han sabido sacarle provecho a la circulación y las colas. Aprendieron a frenar y esperar. Y creen que el cambio de luces es como un parpadeo que les va a iluminar lo que está llegando.

Los árabes tienen miedo que le abollen la patrona más que el rodado. Pero ellas son baquianas. La calle les enseñó a estar alertas. Llevan los ojos bien abiertos. No ignoran que cada esquina es una sorpresa. Los maridos creen que, por querer mirarse en el espejo retrovisor, descuidarán el manejo. O que en cada semáforo unos ojos extraños desearán a esas señoras a las que el auto les dará nuevas alas para andar revoloteando por las rutas y la vida.

El petróleo y la religión los hicieron celosos. Les va costar acostumbrarse a verlas una tarde ir por las llaves, abrir la puerta del vehículo y apretar el acelerador. Ver partir a la doña en auto y sola será todo un aprendizaje para estos árabes desconfiados que tomarán los recaudos del caso antes de darles carnet, permiso y rodado. Será un desafío verlas conducir llevadas por sus instintos, como siempre, descifrando atascos y atropelladas, enfrentando en cada bocacalle a esos mirones que no las mandarán más a la cocina sino pedirán que dejen un carril libre en la avenida del mañana.

Cada cultura tiene sus aspiraciones. Por estos lados, las mujeres alzan otras peticiones. Quieren que los nuevos modelos traigan menos conductores con manos libres. No necesitan permiso sino buen trato. Las chocan más a pie que en las carreteras. Pero siguen avanzando. Con carnet o sin carnet. En estos días monopolizan la escena nacional con sus denuncias cruzadas y esos rostros estudiados que solicitan piedad y votos. Ellas ahora no sueñan con un príncipe azul sino con una banca, una compañía que da rédito y futuro. Quieren ponerse al volante y pensar en el más allá. Su vocación conductora les ha dado esperanzas y vuelo. Algunas derrapan y otras tocan bocina. Pero mal o bien todas apelan a su carrocería para poder ir ganando miradas y sondeos.

Las mujeres sauditas podrán manejar. En tránsito y solitas le tomarán el gusto al empujón y al guiñe. Entre curvas y rotondas aprenderán que el placer de la marcha está en saber adelantarse y saber dejar pasar, una receta que va más allá de los caminos

La más alta autoridad religiosa de Arabia Saudi decía que levantar la prohibición de que las mujeres conduzcan, dejaría al país sin vírgenes en el plazo de una década. Década ganada o década perdida, según se mire

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