Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Podría darse que alguien, aun llamándose cristiano, considere que para alcanzar el perdón de los pecados basta pedirlo “directamente” a Dios. Sin embargo, Dios ha dispuesto que todos los que quieran el perdón de sus pecados hagan previamente la sincera confesión ante un sacerdote de su Iglesia. Esta es una verdad de fe y ponerla en tela de juicio o negarla equivaldría a estar fuera de la comunión de la Iglesia católica.
Es indiscutible que sólo Dios puede perdonar los pecados (cf Mc 2, 7). Pero Jesús, el Hijo de Dios, dice de sí mismo que Él “tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados” (Mc 2, 10) y, de hecho, ejerce ese poder de Dios (cf. Mc. 2, 5; Lc 7, 48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a algunos varones elegidos por Él para que, a través del tiempo y del espacio, lo ejerzan en su Nombre: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Jn 20, 22-23).
El sacramento del perdón fue instituido por Jesús a favor de todos los cristianos, que somos pobres pecadores y necesitamos del perdón, y ante todo para quienes hayan pedido la gracia bautismal
En efecto, Jesús ha querido que su única Iglesia, tanto en su oración como en su vida y en su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que Él nos adquirió al precio de su Sangre derramada en la Cruz: “En Él hemos sido redimidos por su Sangre y hemos recibido el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia… (Ef 1, 7).
Este sacramento del perdón, fue instituido por Jesús a favor de todos los cristianos – que somos pobres pecadores y siempre necesitamos del perdón – y, ante todo, para quienes hayan caído en algún pecado grave y, por lo mismo, hayan perdido la gracia bautismal y herido la debida comunión eclesial.
Tengo para mí que nada es más personal e íntimo que la celebración de este sacramento en que el pecador se encuentra solo en la presencia de Dios con su culpa, su arrepentimiento, su propósito de enmienda y su confianza. Nadie podría arrepentirse en su lugar. La soledad del pecador en la verdad de su culpa puede verse representada en la parábola del hijo pródigo (cf. Lc. 15, 11 ss), cuando toma conciencia de la condición a la que se ha reducido por el alejamiento del padre.
Pero también es dable señalar que la experiencia de toda confesión bien hecha, ante el ministro sagrado, otorga la paz y la alegría del perdón recibido y de la nueva etapa que se inicia con la ayuda de Dios. Habiendo el penitente dicho con claridad todos sus pecados, Dios le responde con el amor del perdón y la fortaleza para ser siempre mejor.
El oficio del sacerdote consiste en escuchar la confesión íntegra (en lo posible sin interrumpir) y formular un juicio sobre el valor moral y psicológico de las acciones de las cuales el penitente se acusa, así como también de las obligaciones que, en consecuencia de tales actos, el cristiano ha contraído. Podría darse que algún pecado exija una reparación, sin la cual Dios no podría perdonarlo.
Por eso, no basta con pedir perdón; es necesario estar arrepentido y, si fuera el caso, reparar el daño causado.
Así como es necesario higienizarse siempre para tener una vida personal y social normal, también es necesario purificarse siempre por el sacramento de la confesión para una vida cristiana normal. La celebración de la confesión debe ser frecuente, aunque no existan pecados graves. El cristiano que dilata su confesión se acostumbra a vivir en la suciedad espiritual, dañándose a sí mismo y dañando a la Iglesia.
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