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Internet, o la tumba de la privacidad

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Por Redacción

Mail: sergiosinay@gmail.com

Según imaginó el escritor y periodista británico George Orwell (1903-1950, su verdadero nombre era Eric Blair), hacia 1984 habría en el planeta solo tres enormes estados. Oceanía, Eurasia y Asia Oriental. Su novela “1984”, publicada por primera vez hace 59 años, es un clásico que renueva su significado y que a través de las épocas mantiene incólumes sus postulados morales y políticos. Transcurre en Londres, en ese momento, la capital de Oceanía. El Estado está gobernado con mano de hierro por el Gran Hermano (categoría que la televisión usurpó con cierta perversión). Bajo los dogmas del INSOC (Socialismo Inglés) la sociedad está organizada en dos clases. La del Gran Hermano, a quien nunca nadie vio, que incluye a los dirigentes y lo que llamaríamos clase media, y el proletariado, que abarca al resto. Excluidos, y casi en extramuros, están los esclavos, que ni siquiera son tomados en cuenta. La clase del Gran Hermano tiene un estamento alto y otro bajo. Unos y otros son, sin elección, miembros del Partido. Y existen cuatro ministerios. De la paz (que organiza la guerra), de la verdad (que maneja la información estatal, siempre falsa), el del amor (que captura y tortura a cualquiera sospechoso de rebelde u opositor) y el de la abundancia (que administra la escasez y vigila todo lo que pueda ser amenazante para el estado).

El usuario hace un doble trabajo. Proporciona información a redes y buscadores y consume lo que le venden a partir de la información que brindó sobre sí mismo

Todos los habitantes, especialmente los de clase media, son vigilados hasta en sus más mínimos movimientos, en sus casas y en los espacios públicos, por cámaras omnipresentes. Se supone que Oceanía está en guerra y no puede haber duda ni traición. Enormes pantallas transmiten permanentemente mensajes de escalofriante y fanático nacionalismo. Y es casi obligatorio adorar al Gran Hermano. No recordaremos aquí toda la obra (vale la pena leerla o releerla), solo asentaremos que la misma gira en torno de la toma de conciencia (y las posteriores acciones y consecuencias) de Winston Smith, uno de los tantos hombres comunes que trabajan para el Partido.

VIGILANCIA SIN FIN

Casi seis décadas más tarde el mundo entero se asemeja a aquella Oceanía de Orwell, aunque de una manera más glamorosa. Se calcula que 120 mil cámaras conectadas a Internet vigilan los espacios públicos en los cinco continentes. Jamás estamos solos, cada uno de nuestros movimientos se registra a través de un ojo secreto. Hay quienes creen que esto brinda seguridad. Y hay quienes advierten contra el hecho de que vivimos en una sociedad de control, en la que bajo un simulacro de libertad, somos prisioneros en una enorme jaula de rejas invisibles en la que se nos observa continuamente, como a cobayos. Los que piensan de la primera manera (o no son conscientes de la situación) superan en número a los segundos, para satisfacción de los controladores.

Pero no son solo esas cámaras las que nos controlan (en realidad nos vigilan mucho a más nosotros, las víctimas reales o potenciales, que a nuestros posibles agresores). En su impecable libro de investigación “La cultura de la conectividad”, Johanna “José” Van Dijck, profesora de Estudios Comparativos de Medios de la Universidad de Amsterdam, muestra que para las corporaciones que son dueñas de las redes sociales su objetivo principal no es crear campos de comunicación entre los usuarios, sino producir capital económico. Lo mismo ocurre con los buscadores a los que acudimos en Internet. Para ello unas y otros deben convertirse en gigantescas bases de datos que contengan toda la información posible sobre los usuarios o navegantes para orientar de esa manera intensas y masivas campañas de publicidad y marketing en la red. A través de algoritmos siguen todos nuestros pasos en Internet (qué páginas visitamos, con quiénes nos conectamos, qué compramos, que leemos, con qué frecuencia y para qué entramos en determinados sitios, redes o páginas). La privacidad en Internet es una ilusión. Y algo así ocurre con la libertad.

Aunque no lo parezca elegimos bastante poco en nuestras búsquedas, pues una vez que estamos “fichados” los algoritmos se encargan de guiar sutilmente nuestras búsquedas. Así el usuario hace un doble trabajo, señala la investigadora holandesa (reciente visitante de nuestro país, en donde habló sobre el tema). Proporciona información a redes y buscadores y consume lo que le venden a partir de la información que brindó sobre sí mismo. La privacidad de las personas se convierte en capital de las empresas. “Unos pocos, escribe Van Dijck, controlan a muchos”. Esto se conoce como Big-Data. Una herramienta que luego se usa para crear tendencias, orientar gustos y llevar y conducir rebaños de internautas que se creen libres.

Todo esto se potencia cuando quien usa las redes las toma como vidrieras para exhibirse a sí mismo de manera casi impúdica. Lo que hace, con quién está, qué está comiendo, en dónde, las “selfies” de sí mismo o sí misma, las fotos de su familia (exponiéndola), comentarios íntimos, de pareja, de familia, de amistades, que bien podrían omitirse o hacerse en otros espacios, etcétera. Un nivel de exposición de alto riesgo del que no solo sacan provecho pedófilos (como se ve a menudo en el caso de adolescentes y chicos), sino una larga variedad de aves de rapiña económica y emocional que vuelan en Internet. Sin contar que, como daño colateral, todo el mundo espía a todo el mundo.

POR PROPIA VOLUNTAD

El filósofo coreano Byung- Chul Han, un lúcido explorador de los fenómenos sociales, políticos y culturales contemporáneos, compara esta conformación de la red con el panóptico en su libro “Psicopolítica”. El panóptico es una cárcel diseñada en el siglo XVIII por el filósofo inglés Jeremy Bentham. La estructura del mismo permite que desde un punto, el de carcelero, se puedan observar todos los demás (los de los prisioneros), sin que estos, a su vez, puedan observarse entre sí. Un diseño basado en la idea del control.

Un nivel de exposición de alto riesgo del que no solo sacan provecho pedófilos, sino una larga variedad de aves de rapiña económica y emocional que vuelan en Internet. Sin contar que, como daño colateral, todo el mundo espía a todo el mundo

Byung-Chul Han habla de un “panóptico digital” y considera, a la vez, que estamos en la era del “Gran Hermano amable”. A diferencia de aquel autoritario y paranoico de la novela de George Orwell, que extraía la información con métodos violentos y contra la voluntad de las personas, en la actualidad millones de ciudadanos entregan voluntariamente y en abundancia todos los datos sobre sí mismos. “¿Nos están espiando a todos?”, era el título de una nota que, sobre el tema, publicaba El Día hace una semana. La respuesta es breve y taxativa: sí.

Es difícil pensarse como ser libre cuando hay formas tan sutiles, complejas y extensas de control, que en muchos casos se “venden” como beneficios para el controlado. Sin duda hay beneficios. Se pueden detectar estafas, seguir pistas de delincuentes, adelantarse a atentados terroristas. El problema no está en la herramienta sino en quiénes las usan y para qué. Y en qué control hay sobre ellos para que no hagan utilizaciones perversas de estos peligrosos recursos de poder. Y es esencial que los propios ciudadanos, en función de tales y de usuarios, sean conscientes y capaces de preservar tanto su intimidad como sus derechos. Cuando estas herramientas se manejan con precaución, responsabilidad y conciencia moral, la libertad y la seguridad pueden caminar juntas. Cuando no es así, perdemos la primera.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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