“No sé por qué te fuiste ni por qué después al poco tiempo te dio por volver, no sé por qué tomaste aquella triste decisión de abandonarme, y cuál fue la razón de tu regreso y qué pasó que al otro día te volviste a ir, no me diste ni tiempo de preguntarte si esa vez regresarías como la anterior, ni si te ibas en busca de amor, y si fue así supongo que no lo encontraste y fue por eso que volviste...”: así comienza la cíclica canción de Leo Maslíah, “Corriente alterna”, sobre una mujer que de tanto ir y venir se convierte para el pobre hombre que canta en “un huracán sin dirección”.
Una historia común en la farándula, donde las parejas se unen pero, con tantas tentaciones, toda relación es un compromiso a corto plazo; pero a la vez donde a menudo, tras exploraciones y crisis, los famosos que se fueron buscan brazos familiares para encontrar cariño. Y así las parejas van y vienen, van y vienen, y se convierten en “un huracán sin dirección” para los confundidos televidentes: ¿estos no se habían separado? ¿Pero cómo está embarazada, no estaban peleados? ¿Cómo está con Mengano, no estaba con Sultano? y otras preguntas similares se reproducen entre la teleaudiencia abrumada por las idas y vueltas de algunas parejitas del espectáculo.
Los campeones, claro, son Fede Bal y Laurita Fernández: ahora el Carmencito dice que quiere ser papá y tener hijos, pero hace un par de meses todavía seguía “remando en dulce de leche” para reconquistar a la rubia bailarina, luego de que ella descubriera mensajitos de él a una ex, cuando ambos iniciaban su romance... oficialmente.
Porque en realidad las versiones de romance entre Bal y Laurita llevan más de dos años: Barbie Vélez se separó una violenta noche de Bal (otros dos que iban y venían) porque sospechaba que la pareja del “Bailando” era más que dupla profesional, y aunque ellos no confirmaron el romance hasta doce meses después del escándalo judicial, todo parece indicar que, al menos, hubo roce físico previo al “blanqueo”.
Parecía que el amor triunfaba, pero Fede no pudo con su genio y, mientras convencía a Laurita para formalizar su informal relación, le mandaba mensajes a Flor Marcasoli. Nueva vuelta atrás, y otra vez a trabajar para el hijo de Carmen Barbieri: con ayuda del “Bailando” fue robando besos y recordándole a Laurita su química, su piel, hasta que la rubia cedió.
Bal y Laurita no son los únicos, claro: tras su relación con Fede, Barbie tuvo un largo histeriqueo con “Pollo” Alvarez (también señalado como tercero en discordia en la separación de Vélez y Bal) y una relación muy íntima con su hermanastro que confundió a los medios; Charlotte Canniggia protagoniza un peligroso ida y vuelta con Lhoan entre denuncias de violencia de la familia de la vedette; y, por supuesto, Silvina Luna y El Polaco quieren casarse y tener hijos tras reconciliarse por tercera o cuarta vez en lo que va del año; en un fenómeno que excede a la farándula local y se extiende por el mundo con casos como el de Miley Cyrus y el menor de los Hemsworth o las idas y vueltas de Justin y Selena.
Pero, ¿qué esconden estos juegos de seducción? “Este tipo de conducta encubre una personalidad vulnerable al abandono, con una alta necesidad de reconocimiento y aprobación, y muy baja tolerancia a la frustración; con incapacidad para establecer relaciones interpersonales profundas y duraderas, prefiriendo la superficialidad para no dejar traslucir sus rasgos personales más débiles y así no volverse presas de otras personas”, escribió la Lic. Rosana Aranchuk para El Territorio.
“Son parejas más propensas a tener poca certeza en el futuro de la relación, menos comunicación constructiva y más comunicación destructiva, menos eficacia para resolver los desafíos de una relación, más desilusión frente a las actitudes del otro y baja autoestima”
Las idas y vueltas, además, suelen desgastar las relaciones: existe la creencia de que las parejas que regresan lo hacen por extrañarse, pero que rápidamente redescubren lo que las separó, y desde ya no existen pocos ejemplos. Silvina Luna y Laurita Fernández descubrieron por las malas que las promesas galantes de El Polaco y Fede Bal y el sueño de cambiar a estos conquistadores empedernidos era utópica, cuando la morocha descubrió repetidas infidelidades del ídolo tropical con sus ex, y la rubia descubrió los mensajitos de Fede a Marcasoli. Y si bien ambas regresaron, seguramente lo hicieron con menos crédito y menos confianza en la relación.
Así, si bien la piel “tira”, en cada regreso se acumulan los rencores del pasado, y la comunicación se vuelve más agresiva, según describe la psicóloga estadounidense Amber Vennum: “Son (parejas) más propensas a tener poca certeza en el futuro de la relación, menos comunicación constructiva y más comunicación destructiva, menos eficacia para resolver los desafíos de una relación, más desilusión frente a las actitudes del otro, baja autoestima y menos satisfacción con su vida de pareja en general”.
Estudiosa de las relaciones cíclicas, Vennum no condena este tipo de emparejamientos a la muerte, y explica por qué regresan: habitualmente, explica, el que quiere volver es el “dejado”; la persona que termina la relación, a quien nombra como “miembro cíclico” de la pareja, suele a su vez sentirse inseguro, piensa que extraña y no sabe bien por qué quiso terminar o también tiende a pensar que la relación ha mejorado: “El miembro cíclico cree que se están comunicando mejor o que uno de ellos ha hecho un cambio importante para el futuro de la pareja”.
Todos sabemos de lo que Vennum habla. Es que la soledad pesa, aún allí donde parece que todo es glamour, fiestas y bellas personas en las que refugiarse tras una ruptura amorosa.
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