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Una odisea entre barros reales y metafóricos

Escena de “Zama”, la cuarta y nueva película de Lucrecia Martel, que fue elegida para representar el país en los Oscar y Goya - archivo

Por Redacción

Problemas de financiamiento y un rodaje febril, las trabas de Martel para terminar su filme

En 2010 Lucrecia Martel viajaba en barco por el Paraná con “Zama”, la novela de Antonio Di Benedetto, bajo el brazo: llevaba tres años sin rodar, y su último proyecto, adaptar “El Eternauta”, había sido abandonado. Navegando, intuyó que la fantasmática espera de Don Diego de Zama, el burócrata colonial y kafkiano que espera ser transformado a un paraje menos olvidado, podía volverse una personal “película de liberación” de las esperanzas, de la identidad.

En un viaje que llevó 45 días y “entre tormentas terribles donde vi el fin del mundo y amaneceres con el barco repleto de bichos muertos”, Martel leyó “Zama”, “y al terminar me produjo una extraña sensación de euforia”, según contó en el sitio web Otros Cines la directora.

Pero la tantas veces repetida inscripción al inicio de la novela, dedicada “a las víctimas de la espera”, pareció volverse profecía cuando, tras cinco años buscando financiamiento y con el rodaje casi concluido, Martel cayó gravemente enferma.

“Esa dedicatoria debe ser una de las más bellas nunca escritas en un libro. Cómo no sentirte identificada, ¿quién no ha sido, no es, una víctima de la espera? Y si salimos un poco de lo personal y pensamos en un nosotros colectivo, vaya si no somos víctimas de la espera: esperar por condiciones más justas de vida, por ejemplo; por un país donde nadie se muera esperando comida, medicación, educación. En ese sentido, creo que es una dedicatoria completa y hondísima”, le dijo Selva Almada a La Nación: la escritora es autora de “El mono en el remolino”, el libro de notas sobre el rodaje de “Zama” (la cinta de Martel también construye su mitología, como la novela de Di Benedetto: también hay un documental, “Años luz”, de Manuel Abramovich), que más que un diario de filmación se lee casi como un diario de denuncia de esa Argentina que Almada menciona, olvidada, postergada: la Formosa casi colonial y colonizada de los qom que trabajan en el filme por unos pesos para subsanar una situación asfixiante, y que han perdido su religión, si lenguaje, y que solo se visten con las ropas de sus antepasados para actuar en una película “que nunca van a ver”; la Corrientes de pueblos fantasmales dignos de Juan Rulfo, abandonada a su suerte por sus propios habitantes. Locaciones que operan como indicios de la persistencia de la colonia de “Zama”.

En esos parajes, inundados, intransitables, violentos y frondosos, se internó Martel durante el rodaje de “Zama” (elegida por la Academia nacional para representar a Argentina en los Oscar) junto a un equipo soberbio: el director de fotografía portugués Rui Poças (“Tabú” y “O Ornitólogo”, dos películas de paisajes salvajes y fantasmales a la vez) acompañó el sonido y las texturas elaboradas por Guido Berenblum (el sonido siempre está en primer plano en el cine de Martel, físico y metafísico a la vez, pero nunca accesorio), en la aventura de filmar “Zama”, protagonizada por el mexicano Daniel Giménez Cacho y la española Lola Dueñas, que llamó por teléfono a Martel para pedirle un papel cuando supo que tras varios años sin trabajar (finalmente serían 10 desde su último estreno, “La mujer sin cabeza”) volvía al ruedo.

Pero nadie sabía probablemente dónde se metía: con los pies hasta el barro y el agua hasta las rodillas transcurrieron buena parte de los días en un rodaje traumático, digno de los trabajos de Herzog en la selva, que Martel ofrece como causa de su la súbita enfermedad de la cual le llevó cuatro meses recuperarse, justo cuando la cinta estaba en posproducción.

“El rodaje fue mucho peor de lo que se ve en la película. Hubo escenas que filmamos todo el día con el agua hasta la cintura, en medio de palmerales, en lugares que están llenos de víboras muy venenosas”, subrayó la cineasta, que consiguió poner en pie, en medio de estos lodazales metafóricos y reales, el proyecto tras cinco años buscando financiamiento: junto a los jóvenes productores de Rei Cine: la película se hizo finalmente con aportes de una veintena de productores, organismos públicos y privados, de ocho países.

Parecía que la novela era “maldita”, como decían: “Cuando me enfermé pensé que había sido muy ingenua por no creer en ese aura nefasta y que quizá existía un mundo en el que yo no creía y que sí funcionaba”, afirmó Martel en una entrevista con la Revista Ñ.

Es que intentos de llevar la obra magna de Di Benedetto al cine no faltaron: luego de que las propuestas de Román Viñoly Barreto y Alfredo Mathé no prosperaran, Nicolás Sarquís se embarcó en la odisea de filmar la “infilmable” novela en 1984. Pero también naufragó: el rodaje duró tras semanas y acabó luego de que el protagonista, en medio de una serie de litigios, abandonara la filmación.

“Hubo escenas que filmamos todo el día con el agua hasta la cintura, en medio de palmerales, en lugares que están llenos de víboras muy venenosas”

Tres décadas después, Martel había logrado conseguir el dinero para llevar adelante su visión del libro y se preparaba para el estreno del filme cuando, tras dejar los pantanos del norte argentino, enfermó: el filme se iba a estrenar en Cannes, en 2016, pero debido a la enfermedad de la cineasta, la posproducción se retrasó. El tratamiento no tenía demasiadas garantías, a tal punto que Martel pensó en poner todo lo filmado en “free source” para que los internautas hagan sus propias versiones de “Zama” a partir de lo rodado por la directora de “La Ciénaga”. ***

El fracaso tiene un lugar central en el argumento de “Zama”, como otras subtramas del rodaje, como el encuentro con esa Argentina postergada a la espera, la frustración y la violencia a los otros órdenes posibles, menos europeos (y peligrosos, febriles); pero como siempre en el cine de Martel, todo aparece sugerido: el argumento y las temáticas dejan lugar al cine sensorial, a la gramática personal de la cineasta nacional, destacada en medio de una industria que parece haber homogeneizado, achatado, su lenguaje a nivel internacional.

“Creo que se ha perdido mucho la capacidad de enfocarnos en la riqueza estética, en la percepción de una sonoridad y una musicalidad, en favor del argumento, que satisface de manera instantánea”, dice al respecto Martel que, de hecho, se apropia y reescribe el argumento (también secundario) de la “Zama” de Di Benedetto.

En consecuencia, la directora nunca pensó en hacer una reconstrucción fiel de época: la cinta emerge de la subjetividad de su protagonista, y como tal su entorno es transformada por su mirada, la mirada de un europeo que espera en una América indómita. “Zama” transcurre así en “algo que no es el pasado, sino una idea del pasado atravesada por la subjetividad de Di Benedetto y todas las circunstancias que lo rodearon. Un pasado imaginario al que yo accedí a través de todas las cosas que leí y estudié, más la obligación de imaginación que te genera el libro de Di Benedetto. En la película hay elementos inventados que no son reales pero podrían serlo, que ayudan a la película a correrse un poco de la realidad, pero también a crear una sensación de verosimilitud: una llama, las pelucas, la escobilla que usa Zama para limpiar sus zapatos al entrar a su oficina... está llena de invenciones la película”.

¿La película se corre de la realidad para crear un mundo de locura surrealista? “Ser parte de la sociedad ya significa de por sí una capacidad de locura enorme. Que todos tan mansamente nos sometamos a las horas de trabajo que son sacrificios sin ningún beneficio más que económico es una demencia. Se trabaja para la supervivencia. Hay una necesidad de demencia para pertenecer a la sociedad. No hay tanta normalidad. Cada época genera su propia locura y solamente con locura se puede vivir en esta sociedad”.

Martel amplifica en su adaptación esos elementos que percibió en la novela y que resonaron durante su travesía “eufórica” por el Paraná: la historia de la espera del Zama de Di Benedetto se transforma en una película sobre la “liberación de la condena de la esperanza” donde la directora aborda la idea de la propia “identidad como una trampa”, “la trampa de quién crees que sos y qué pensás que mereces. La trampa en la que estamos todos cuando vamos a buscar un trabajo, que pensamos que merecemos algunas cosas. Eso termina yendo en contra de nosotros mismos”.

“En el fondo está la idea de que cualquier persona que se resiste perece. Los huracanes a los árboles rígidos los arranca de raíz, mientras que las palmeras se doblan pero sobreviven. Sólo queda lo flexible. La mejor forma de oponerse a algo malo que te toca vivir es la flexibilidad. Y no creerse tanto algo, porque mutar es la acción más vital posible. No hay que resistir, sino mutar”, reflexiona Martel: cuando eso ocurre, Don Diego de Zama, y también Martel, embarcándose tras abandonar “El Eternauta” en una aventura febril y casi trágica, entran “en un terreno de aventuras que a cualquiera nos gustaría, aunque también sabe que puede salir mal, pero liberado. Y eso para mi es una peripecia positiva”.

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