Hay en el arte de Vincent Van Gogh un elemento hipnótico, onírico, que “Loving Vincent”, el filme animado sobre las intrigas que rodearon la muerte del artista, dirigido por Dorota Kobiela y Hugh Welchman, captura a la perfección desde lo plástico: los 65.000 cuadros filmados con actores reales (trabajan Douglas Booth, Jerome Flynn, Saoirse Ronan y Chris O’Dowd, entre otros) que componen los 90 minutos de la película fueron pintados a mano por artistas en el estilo de Van Gogh, lo que supone más de una novedad o una experimentación, una proeza de animación en tiempos donde las computadoras parecen haber eliminado la creación artesanal de mundos.
Sin embargo, a diferencia de ciertas obras que adoptan el estilo de su biografiado, la elección de “Loving Vincent” tiene algo de homenaje embelesado (ya desde el título), de ejercicio formal: la superficie no expresa el contenido, más allá de su belleza no ilustra la tensión que pretende crear el guión del thriller que imagina a un hombre buscando un destino para la última carta de Vincent, a su hermano Theo, también muerto poco tiempo después.
El misterio y las contradicciones alrededor de la muerte del pintor, un paria social para sus tiempos finales, se construyen a partir de flashbacks algo mecánicos que reviven los últimos meses del artista a partir del recuerdo de Auvers-sur-Oise, el pueblo francés donde Van Gogh encontró su final: una biopic en ausencia, con procedimientos que a la vez asoman obvios y originales en su estructura y en su estética, “Loving Vincent” es una experiencia sensorial impactante, aunque narrativamente algo deficiente, pero indispensable para los admiradores del arte.
BUENA(***)
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