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Clubes platenses, un clásico inoxidable

Nacidos a principios del siglo XX, han sido cobijo de inmigrantes, espacios de entretenimiento e identidad. A pesar de los cambios sociales, políticos y económicos, ciento veinte años después siguen tejiendo lazos comunitarios y brindando apoyo solidario y contención a chicos y adolescentes. Más que clubes, se sienten como familias
Marcelo Fortes con Bautista, uno de sus hijos, en el predio del Everton
Marcelo Fortes con Bautista, uno de sus hijos, en el predio del Everton
Liliana posa frente a la premiada vitrina de la Asociación Sarmiento
Liliana posa frente a la premiada vitrina de la Asociación Sarmiento
Cacho en la biblioteca, uno de los orgullos del Reconquista
Cacho en la biblioteca, uno de los orgullos del Reconquista
En las paredes del consultorio de Elías, cuelga una nota de su papá Lázaro como platense destacado
En las paredes del consultorio de Elías, cuelga una nota de su papá Lázaro como platense destacado

Por Clarisa Fernandez

Chicos corriendo, ruido, risas, una mesa de madera donde abuelas juegan a las cartas. Los abuelos, en el patio, a las bochas. Mate, tortas fritas o facturas. Bullicio de gambeta y pelota que rebota entre los jugadores y en la pared: la escena se repite en la vida cotidiana de los clubes platenses.

Nacidos al calor de la inmigración y la necesidad de juntarse, los clubes sociales reúnen todos los condimentos para ser lugares entrañables: calor de familia, solidaridad, lazos sociales, entretenimiento y deporte. En la ciudad de La Plata son hoy unos 80. Y si bien son proclives a los vaivenes económicos y sociales que atraviesa el país, mantienen el espíritu comunitario y festivo de las primeras épocas, acompañando a la ciudad casi desde los tiempos de su fundación. Hoy se unen en la Federación de Instituciones Culturales y Deportivas de La Plata que, presidida por Alberto Alba, trabajan para promover las actividades barriales y sostener así la tradición de contención social que, desde siempre brindan los cubles de barrio.

“Toda mi vida la recuerdo en el Everton”, sentencia Marcelo Fortes (51), presidente de la entidad. “Sostener un club nunca fue fácil, porque siempre fuimos unos pocos peleándola. A pesar de todo seguimos, porque el club es un lugar de contención necesario”.

Mi club querido

En el Club Reconquista del barrio La Loma, una rampa de doble entrada da la bienvenida. Nenas con patines entran y salen: parece que se van a caer, pero no. Conocen el club, suben y bajan los desniveles, charlan, cantan, se ríen. Detrás de la biblioteca, cálida y multicolor, se abre una pista de patines y el olor a empanadas, del buffet, acompaña a las madres y padres que presencian la clase.

A Héctor Chávez (79) todos lo conocen como Cacho. Recorre los salones con la gracia de una gacela, saludando a un lado y a otro. Antes de ser presidente de la comisión directiva, desde el 79 que llegó, pasó por todo los cargos. “Cuesta que la gente quiera estar en las comisiones directivas, por eso rotamos mucho”, reconoce, “cuesta el compromiso”.

Conoce el club desde su juventud, cuando llegó a estudiar ingeniería en el 57: “Los bailes de carnaval eran los eventos sociales más esperados”, revive. Cuando a Diego, el tercero de sus cuatro hijos le diagnosticaron asma, le recomendaron que hiciera deporte: así volvió Cacho a Reconquista. Y no se fue más.

Donde vive la danza

La Asociación Sarmiento, de calle 46 entre 4 y 5, nació llamándose El Cimarrón, allá por 1903. Sus creadores eran masones y alquilaban pequeñas casas que iban moviéndose de acuerdo a las necesidades. En 1914 la institución se estableció como Biblioteca Asociación Sarmiento, y en el 22 se compró el edificio donde está hoy y adquirió su actual nombre. La puerta ventana de la entrada deja ver un edificio antiguo, blanco e imponente.

De los 64 años que tiene Liliana Carri, 41 los pasó en la Asociación. Recién recibida de profesora de educación física se acercó al club cuando era biblioteca, en el 76; se daban cursos y ella quería enseñar danza. “El edificio estaba en ruinas, tenía ocho alumnas en todo el día, limpiaba y hacía de secretaria”, rememora, “cuando me dieron la llave pensaban que no iba a durar dos días, pero entré y ya no me fui más”.

La vida de la Asociación no siempre fue fácil. “Acá teníamos el mejor equipo de básquet de la ciudad, pero cuando abrió el club Estudiantes de La Plata con su cancha techada, se fueron todos para allá”, recuerda Carri. Fue el comienzo de un ocaso que duró casi diez años y en el que sólo sobrevivió la biblioteca.

Así apareció la danza: “Pasamos de una actividad mayoritariamente masculina como el básquet, a una actividad femenina, como la danza. Ahora estamos tratando de buscar el equilibrio, tenemos todas disciplinas para la salud del cuerpo, y un excelente equipo de docentes”, cuenta orgullosa.

De tradicion judia

El Max Nordau –Centro Literario Israelita y Biblioteca– toma su nombre de un intelectual y médico, líder del movimiento sionista. En 1912, en plena ebullición inmigratoria, el club abre sus puertas, hoy se define como institución laica, progresista, no partidaria, universalista, democrática y antifascista. “El Max es una institución singular porque busca aportar a la sociedad los valores universales del judaísmo, como la solidaridad, la justicia, el humanismo, desde una posición integracionista”, afirma Elías Resches (79), el actual vicepresidente del club.

Lázaro, el padre de Elías, fue uno de los integrantes destacados del Max, llegando a ser su presidente a los 97 años. Arribó a la Argentina en 1923 desde Polonia, trayendo a su novia y varios familiares. El club lo reencontró con sus creencias y su cultura: “Mi papá era un mundista, y llegó a La Plata de casualidad, porque tenía un primo que vivía acá”, dice Elías, “vino sin estudio, sin idioma, sin plata, sin nada”, pero salió adelante y formó una familia.

Oscuros años los 40 para los Resches: “Cuando yo nací estaban matando a mi familia”, suelta Elías, “y ocho años después festejábamos el nacimiento del Estado de Israel”. Para Lázaro la educación judía era un mandato, asique Elías fue al kinder, a la escuela y al seminario judío que brindaba el Max Nordau. No por eso, sin embargo, dejó de ir al Colegio Nacional y después a la Universidad, donde se recibió de médico pediatra.

El sajon de la ciudad

Cuando uno ingresa a la página web del Club Everton, un subtítulo amarillo llama la atención: El orgullo de pertenecer. “Me fui a probar al club en el 87 porque mi papá me decía que era un patadura, pero quedé”, afirma Fortes. Y tanto quedó, que el club se convirtió en un segundo hogar, para él y para sus tres hijos.

Fundado en 1905 como “Club Atlético 25 de Mayo” y rebautizado con su actual nombre inglés, el Everton fue Campeón de la Liga Amateur Platense de Fútbol en 1913. Treinta y cuatro años después, abrió su Biblioteca Mario L. Sureda, que hoy alberga unos 12.500 libros y una DVD teca con más de 300 videos de cine. El campo de deportes, ubicado en 629 y 7, es otro de los orgullos del club: el predio contiene cuatro canchas de fútbol, una cancha de sintético para hockey y tres canchas de fútbol 7.

No se mancha, se transforma

Como espejos de la vida social, los clubes atravesaron los vaivenes económicos y políticos del país: el auge de las primeras épocas, la oscuridad de los 70, la explosión de los 80 y la parálisis de los 90, al punto que su exigua existencia fue retratada en Luna de Avellaneda, el film dirigido por Juan Campanella.

“En el momento de su surgimiento, los clubes asumen el mutualismo, el cooperativismo y el asociacionismo y en términos políticos son herederos del sistema democrático y republicano, porque instituyen un sistema representativo, con periodicidad de funciones y elección por voto directo”, define Virginia Cáneva, doctora en Comunicación, docente e investigadora del Laboratorio de Investigaciones en Lazos Socio Urbanos de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social (UNLP).

Para Cáneva, los objetivos fundacionales de los clubes se expresaron en el deseo de fomentar la cultura y el deporte, y con el correr de los años “se consolidaron como verdaderos espacios identitarios familiares, barriales, y de amistad”.

“Acá en el Reconquista vivimos muchas etapas, igual que el país”, dice Héctor Chavez mientras reparte saludos entre los deportistas que llegan a patín y básquet.

“Pasamos todo tipo de momentos, de renovar cosas y épocas de pagarle a las docentes cada diez días para que el sueldo no se les desvalorice”, dice Liliana Carri (64), docente y coordinadora pedagógica de danza en la Asociación Sarmiento. “Hoy logramos crear un sentido de pertenencia y un reconocimiento en la ciudad”.

“Recuerdo que en la época de la dictadura, por ejemplo, tuvimos que cerrar nuestras puertas para resguardarnos, porque algunos de nuestros jóvenes eran militantes, incluso tuvimos desaparecidos”, cuenta Elías Resches (79), vicepresidente del Max Nordau.

Sin embargo, el siglo XXI y sus conflictos: crisis económica, fragmentación social, movilidad habitacional y quiebre de los lazos sociales, representan para la Doctora Cáneva “el desafío de reinterpretar las nuevas dinámicas sociales, para fortalecer su rol de formadores de ciudadanía y lograr que sus socios recuperen al club como espacio propio”.

No es fácil llevar adelante un club: la participación y el compromiso colectivo son fundamentales. Las cuotas societarias no siempre alcanzan para cubrir los gastos de mantenimiento de los edificios, el pago de docentes y los recursos cotidianos. Sin embargo, la mayoría de los clubes no claudica frente a este desafío.

“Tenemos gastos de 10.000 pesos de luz solamente y nos bancamos con la cuota societaria de nuestros 1500 socios, aunque este año la Secretaría de Deportes de Nación dio un subsidio de 100.000 pesos para clubes sociales”. Hace unos años recibieron también la donación por parte de la Provincia del terreno donde hoy funciona el predio. Además, la Fundación Florencio Pérez le donó al club unos 300.000 pesos para la cancha de hockey.

“Hoy el Max se mantiene con el aporte de los socios, lo que se recauda del alquiler del Teatro Ópera –del cual somos dueños-, y las donaciones de amigos”, cuenta Elías. “Si bien hoy en día la escuela del Max no tiene el atractivo de antaño, porque para las nuevas generaciones no siempre es un mandato que sus hijos reciban formación judía, nuestro Kinder está lleno de chicos y chicas, al igual que el seminario y la escuela de coordinadores”, se anima.

El Max festeja las celebraciones nacionales y las judías. Tiene una biblioteca, cuatro coros de distintas edades, música klezmer (típica judía), la escuela de danzas populares israelíes y actividades culturales, como presentaciones de libros y conferencias. Entre estas actividades, el próximo domingo 29 pondrán en escena la ópera “Brundibar”, que fue estrenada por niños en el guetto de Teresin en la Segunda Guerra Mundial.

700 socios que aportan la cuota sostienen al Reconquista. Como el Everton, recibió el subsidio de Nación y el apoyo para la biblioteca. “Si bien salimos una sola vez campeones de primera en básquet, en el 87, seguimos festejándolo, y hoy es una de las principales actividades que tenemos. Además hay patín, gimnasia artística, zumba, boxeo recreativo, taekwondo y ritmo latino para la tercera edad, así los viejos también se vienen a divertir”, enumera Cacho. Dentro del Plan Estratégico 2020 que la comisión ideó, está la construcción de un segundo piso y, en el corto plazo, la compra de un desfibrilador que estará disponible para toda la comunidad.

“Nosotros no recibimos subsidios nunca del Estado”, afirma Liliana, “más que el apoyo para la biblioteca que da la Provincia”, concede. “La danza es hoy nuestra actividad más fuerte, y todo nuestro plantel de docentes es excelente”, se enorgullece. Habla, por ejemplo de Laura Cucchetti - que fue bailarina veinte años del Teatro San Martín – o de Victor Filimonof – director del Ballet de la Escuela del Teatro Argentino. “El ballet de contemporáneo Calle 46 nació en el 2010 y queremos que sea el mejor de La Plata”, se entusiasma Liliana.

Uno de los orgullos más recientes del Everton es la finalización de la cancha de sintético para hockey, un proyecto que costó dos años de trabajo y unos cuantos millones. “Para el próximo año queremos construir unos dormis para alquilar, para que los equipos concentren”, cuenta Fortes.

Pasan los años, cambia la gente y también las modas. Algunos abuelos ya no pisan la cancha de bochas, otras nenas descubren la magia de andar sobre ruedas, una pelota repica aquí y allá. La escena, como un clásico entrañable, se repite en la vida cotidiana de los clubes platenses. Seguirán.

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