Investigadores del Imperial College de Londres han estudiado el uso de la toxina protoxina II (ProTxII), presente en el veneno de tarántula, para reducir el dolor producido en las quemaduras. Los resultados se publicaron en The Journal of Molecular Medicine.
Las mejoras en el tratamiento de quemaduras de primer y segundo grado han aumentado la tasa de supervivencia en países desarrollados, aunque las opciones clínicas para tratar el dolor asociado a la lesión y su recuperación son reducidas y producen efectos secundarios no deseados.
Este dolor es una de las consecuencias que más preocupan a los supervivientes, lo que contrasta con los limitados progresos que se han hecho en cuanto a su tratamiento eficaz.
Cuando las neuronas especializadas en la transmisión del dolor (nociceptores) reciben una estimulación dañina suficientemente intensa, los canales de sodio presentes en dichas neuronas se abren permitiendo la transmisión de la señal de sufrimiento hasta la medula espinal.
El canal de sodio, llamado Nav1.7 y muy conservado de ratones a humanos, actúa como un ‘interruptor’ en estas primeras neuronas, encargadas de responder a la estimulación dolorosa y transmitir dicha información del exterior a la medula espinal. Por tanto, determina si se transmite o no el mensaje de dolor al cerebro.
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