Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Los cristianos profesamos con la Iglesia que el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Creemos que es Señor y Vivificador, y que – con el Padre y el Hijo – es juntamente adorado y glorificado; que habló por los profetas; que fue enviado por Jesús, después de su resurrección y ascensión al Padre; que ilumina, vivifica, protege y conduce a la única Iglesia.
En una de las ocasiones en que Jesús se refería al Espíritu Santo tuvo palabras de “no-perdón” para quienes pequen contra Él: “...todo pecado o blasfemia se les perdonará a los seres humanos, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el futuro” (Mt 12, 31-32)
¿En qué consiste ese pecado? ¿Por qué es imperdonable?
Esta blasfemia no estriba en proferir palabras en contra del Espíritu sino en el rechazo de la Salvación que Dios ofrece a todos los seres humanos por medio del Espíritu Santo, que obra en virtud del Misterio Pascual de Jesús.
Todo aquel que rechace la Salvación de Jesús y al Espíritu de Dios, permanece en la maldad, es decir, en el pecado. Y la blasfemia contra el Espíritu Santo consiste precisamente en el resistir empecinado al perdón de los pecados; perdón que es dispensado por el mismo Espíritu y que presupone la verdadera conversión obrada por Él en la conciencia del pecador.
“Estén siempre alegres. Oren sin cesar... No extingan la acción del Espíritu... examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal en todas sus formas”
(1 Tes 5, 16-17. 19. 21-22)
El Espíritu Santo completa en las almas la obra redentora realizada por Jesús, distribuyendo sus dones. Ahora bien, la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el varón o por la mujer que reivindica un pretendido “derecho a permanecer en el mal”, rechazando la Redención. El pecador empedernido se instala en un estado de ruindad, no queriendo salir de esa esclavitud a la que se ha entregado y en la que quiere quedarse, rechazando ser salvado por el Amor, y por eso no puede ser perdonado.
Dicho de otro modo: la acción del Espíritu Santo, que “probará al mundo dónde está el pecado” (Jn 16, 8) para moverlo a la conversión, encuentra una impermeabilidad de conciencia o dureza de corazón en aquel ser humano que, por libre elección, rechaza su accionar y quiere permanecer en el pecado incluso con mil justificaciones. Es lo que afirmaba Pío XII: “el pecado de nuestro siglo es la pérdida del sentido del pecado”.
El relativismo, la permisividad, la inmoralidad, la morbosidad... han desequilibrado a un gran número de cristianos, que están viviendo en una continua blasfemia contra el Espíritu Santo. Lamentablemente esos tales son instrumentos de Satanás y sus demonios.
Nuestra oración debe incluir una ferviente súplica por la conversión de los pecadores, mientras dejamos que penetre en nuestro corazón la exhortación de san Pablo: “Estén siempre alegres. Oren sin cesar... No extingan la acción del Espíritu... examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal en todas sus formas” (1 Tes 5, 16-17. 19. 21-22).
¡Espíritu de Verdad, muéstranos dónde está el pecado y danos tu ayuda para que lo repudiemos con energía y nunca nos apartemos del Amor!
Oh Dios, nuestro Padre, en el Nombre de Jesús, te rogamos que nos des tu Santo Espíritu para que siempre y sólo vivamos en la Verdad.
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