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Estreno

“Zama” de Lucrecia Martel

Habrá Zama hasta que vuelva Lucrecia. (****½)

“Zama” de Lucrecia Martel

         Zama al principio calla. La animación del logo de Cine Argentino está en silencio total. Los espectadores se preguntan si es que el sonido no funciona. Una vez que pasa la información de todas las productoras que ansiaron trabajar con Lucrecia Martel, recién ahí Zama empieza a sonar. El sonido cobra valor cuando lo precede el más absoluto silencio. Porque Zama suena. Zama se escucha. Zama es una melodía. Zama es una gran canción. Como toda canción es muy difícil abrazarla en todas su posibilidades la primera vez que la oímos. Luego de escucharse, Diego de Zama se muestra a la orilla del río. O de una pileta con niños, lo mismo da.

          Lucrecia Martel exige mucho al público. Propone que la película en primera instancia la escuchemos, luego la veamos y luego entendamos de qué trata. Si no llegamos a abrazar todo eso cuando la vemos, tal vez nos quedemos un poco afuera, oyendo de lejos. Volver a escuchar La Ciénaga, La Niña Santa y La Mujer sin Cabeza nos puede ayudar a entrar y disfrutar. Sin embargo, está bueno que se nos exija como público. Tendríamos que pedir primero que se nos exija a nosotros, antes que inventar que no se les exige en la enseñanza escolar a los chicos. Zama nos enseña sobre el lenguaje del cine. El sonido más insustancial puede llegar a ser decididamente dramático.

          Diego de Zama es un funcionario de la corona española en Latinoamérica en el siglo XVIII que espera ser trasladado algún día. Esa espera se hace eterna, y por lo tanto, se transforma en una tortura. Ya que, aunque vista ropas elegantes, tenga un buen cargo, y grandes historias se digan de él, Zama no es quien quiere ser. Zama es un disfraz. Zama es un enamorado pero no es un buen amante. Zama es patético, da risa. “Por los comediantes que se animan al disfraz” brinda Lola Dueñas mientras juega con Zama. Hasta los indios “están fantaseados” (“están disfrazados”, explica un soldado). Porque en Zama todo es, o puede llegar a ser, o puede no ser. En Zama todo es ambiguo, como todo sonido. Es historia y fantasía a la vez.

          Difícil encontrar un tipo de cine semejante en nuestras carteleras. Habrá que esperar mirando Zama hasta que Lucrecia vuelva a filmar.     

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