Por Ricardo jaen (*)
En Europa se vuelven a enfrentar dos miradas de cuya tensión se construyó gran parte de la historia de Occidente, al menos desde el siglo XVII, donde estados nacionales, fronteras, idiomas, costumbres y orígenes tribales fueron alternativamente -o combinadas- las excusas para tratar de exterminar al otro por diferente.
La finalización de la Segunda Guerra Mundial y el mundo basado en el equilibrio del terror por la aniquilación total, dieron oportunidad a que, por primera vez, se empezaran a recorrer otros caminos en la búsqueda de la convivencia.
Aparecieron entonces conceptos como el de la sociedad multicultural, los bloques regionales, las fronteras nacionales de baja intensidad. Es decir, la tolerancia entre estados vecinos.
Sin duda la revolución tecnológica que a su vez permitió el proceso de la globalización, ayudó para el derribo de los mitos y los miedos hacia el otro como producto de la ignorancia.
Hubo entonces un maravilloso tiempo en el que las miradas “nacionales” perdieron terreno y avanzaron fuertemente los derechos de las minorías y los de los que estaban en desventaja en la sociedad.
Al menos en Occidente avanzamos en nuevas políticas de género, de discriminación positiva y de condena al racismo. Se progresó también en el respeto por la elección sexual y en la defensa irrestricta de los derechos humanos (con todas sus fallas y omisiones).
Hubo un maravilloso tiempo en el que las miradas “nacionales” perdieron terreno y avanzaron fuertemente los derechos de las minorías
Dentro de estas políticas, están las autonomías, siempre perfectibles, para las naciones que integran los estados nacionales, en defensa de su cultura y patrimonio.
Frente a estas ideas, las teocracias aumentaron su fanatismo y condena a las sociedades de la libertad, el placer y la corrupción que ofenden a Dios.
La pobreza, el fanatismo de la persecución política, la extrema crueldad de muchos de estos regímenes han desatado la enorme ola de inmigración que asola los centros europeos.
Lugares como Italia y España se han visto “invadidas” de miles de inmigrantes -que además son pobres- generando en gran parte de las poblaciones locales sentimientos de rechazo, que se esconden en viejas banderas nacionalistas curiosamente hoy levantadas por la izquierda: la bandera, la frontera, la nacionalidad, la independencia.
Volver “en aquellos casos que son convenientes” a fronteras de hace al menos cuatro siglos atrás, redibujando caprichosamente el mapa con una sola constante que se repite en Cataluña como en el Véneto, los pobres afuera.
Aprovechando la crisis de liderazgo político en la Europa atlántica, alentados desde Rusia, con políticos y políticas locales paupérrimas y torpes (la actuación de la policía nacional en la consulta de Cataluña es un gran ejemplo de ello), estas ideas, apoyadas por los autodenominados progresistas, quizás y solo quizás estén encubriendo el egoísmo y la explotación de un genuino sentimiento, por un rédito económico final a expensas de toda una sociedad.
El mismo orden europeo se pone ahora en juego. Pocos creen que sea para mejor.
(*) Analista en riesgo político
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