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La anomia, un gol en contra

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Por Redacción

Por SERGIO SINAY (*)

Mail: sergiosinay@gmail.com

Alumnos que toman colegios para imponer autoritariamente sus propios criterios educativos, constantes piquetes de quienes invocando un derecho anulan los derechos de otros (a trabajar, a circular), un sindicalista que promete incendiar la provincia si debe someterse a la justicia, profesionales dedicados a elaborar complejos de ingeniería contable para que más personas evadan sus obligaciones fiscales, legiones de conductores que transgreden todas las normas de tránsito y se irritan ante la sanción, miles de pasajeros que viajan en los trenes sin pagar el boleto saltando o eludiendo molinetes, boliches de todo tipo que tienen un presupuesto dedicado al pago de coimas antes que al cumplimiento de normas legales, basura que se arroja fuera de horario y en cualquier lugar, tierras que se ocupan o se reclaman en nombre de derechos improbables o no contemplados por la ley, hinchadas que invaden la cancha si su equipo va perdiendo. Esta lista podría prolongarse hasta el infinito o hasta el aburrimiento. Y cada nueva entrada sería otro ejemplo de lo mismo. La afición nacional a vivir por encima o al margen de la ley. O contra ella.

“El estado de anomia, es un fenómeno morboso al que puede atribuirse la generación de conflictos y desórdenes y, por último, la pérdida de la libertad”

No hay magia que lleve a las sociedades a desarrollarse y alcanzar estándares de vida que permitan a sus ciudadanos desplegar sus proyectos y fortalecer sus recursos para una vida más plena. Los niveles de desarrollo económico, social, intelectual y moral son resultado de largos procesos a lo largo de los cuales normas, reglas y leyes cumplen un papel fundamental. No todas las normas están escritas, ni todas las reglas se establecen como leyes en un sistema jurídico. En “Un país al margen de la ley”, libro de contundente claridad, aguda fundamentación y sólido contenido moral, cuya lectura es siempre necesaria, el jurista y filósofo Carlos Nino (1943-1953), prematura y lamentablemente fallecido, recuerda que las normas o reglas pueden ser morales, jurídicas o legales, pueden ser costumbres, reglas de juego, reglas técnicas, gramaticales, etcétera. El incumplimiento de algunas de ellas puede perjudicar solo a una persona, a varias, o a un grupo. No son obligatorias en un sentido extendido que abarque a toda la sociedad. Otras, en cambio, comprenden a la comunidad en su conjunto, y su continua evasión, transgresión o incumplimiento se traducen en anomia. El padre de este concepto (una palabra de origen griego que denomina la falta de normas y leyes o el incumplimiento absoluto de las mismas) fue el francés Emilio Durkheim (1858-1917), a quien se considera fundador de la sociología.

PACTOS SOCIALES Y MORALES

Hay normas sociales, como las reglas de etiqueta, que son respetadas por un grupo, normas religiosas, que regulan las conductas de los creyentes de una fe, normas morales, que sin estar escritas comprenden los valores que deben regir las relaciones humanas para que estas se carguen de trascendencia y sentido, y normas jurídicas, a las que conocemos como leyes, fijadas por legisladores y administradas por jueces, que organizan la vida de la sociedad. El desconocimiento de estas últimas (o su trampeo permanente) es el corazón de la anomia. Y su consecuencia inmediata, la descomposición moral de la sociedad.

Las leyes son el producto de pactos sociales y morales que, a través de la historia, permitieron a la Humanidad en su conjunto y a sus sociedades, en especial a las más avanzadas desde el punto de vista ético y educativo, crear redes de cooperación y de convivencia. Las leyes nos limitan a todos, nos recuerdan que no podemos hacer lo que se nos antoja ni cómo se nos antoja, nos adjudican derechos y (esto no debe ser olvidado) nos señalan que tenemos deberes. Nos limitan para bien de la comunidad. Las leyes no son buenas cuando nos favorecen y desechables cuando nos penan. El gran filósofo chino Confucio decía que “es hombre quien imponiéndose a su yo se somete a la ley de las convenciones sociales”. Del mismo modo el mejor conductor no es el vivillo que burla todos los límites y reglas sino el que se detiene ante los semáforos en rojo y estaciona en lugares permitidos, porque sabe que, de esa manera, contribuye a mejorar el tránsito y hacerlo más seguro, aunque deba resignar parte de su tiempo y de su comodidad.

Cuando la anomia es extendida y se convierte en hábito cultural, se termina imponiendo la ley del más fuerte, que prescinde de jueces y justicia. Si se aspira al avance de una sociedad, se trata de mejorar las leyes y no de ignorarlas. El filósofo y economista John Stuart Mill (1806-1873), uno de los padres del liberalismo, señaló al respecto: “Las leyes no se mejorarían nunca si no existieran numerosas personas cuyos sentimientos morales son mejores que las leyes existentes”.

Ya en el siglo VI antes de Cristo, el celebrado poeta griego Píndaro decía que la ley reina por sobre todas las cosas. Y que su primer súbdito debe ser el gobernante, porque la ley nació para establecer un orden en la convivencia de la sociedad humana. Por eso su función es restringir a cada uno para el bien de todos. Cumplir con la ley, conviene repetirlo, significa siempre resignar. Las leyes no se crean para beneficiar a uno en contra de otros, porque cuando se aplican de esa manera se instala la injusticia. Y esto incluye a todos, sin distinción de funciones y estratos sociales y económicos. Warren Bennis (asesor de cuatro presidentes estadounidenses: Kennedy, Johnson, Carter y Reagan) advertía contra el uso de la ley como un arma y no como una herramienta. Un fuerte llamado de atención a jueces y gobernantes.

LA ANOMIA BOBA

Un subproducto de la anomia argentina es la viveza criolla que, a mediano y largo plazo, siempre se verifica como una forma de estupidez, porque no solo daña al conjunto sino que suele terminar por perjudicar incluso al “vivo”. Carlos Nino bautizó a la que vemos en la Argentina como “anomia boba”. Y la definió como una ilegalidad sin objetivo, que no se propone satisfacer lo que la ley no satisfizo, sino que en definitiva resulta nociva y disfuncional para la sociedad en su conjunto. “El estado de anomia, escribía, es un fenómeno morboso al que puede atribuirse la generación de conflictos y desórdenes y, por último, la pérdida de la libertad”. La anomia boba, insistía el jurista, es la madre de la ineficiencia porque el incumplimiento permanente y generalizado de las normas y leyes no hace que alguien esté mejor sin llevar a que otros estén peor, sino que produce que sean muchos los que estén peor.

“Cuando valoramos menos lo público y común que lo privado, terminamos por no entender por qué hemos de valorar más la ley (bien público por excelencia) que la fuerza”

La relación entre anomia e ineficiencia no es un dato menor. La anomia dinamita las aspiraciones comunes de una sociedad, disocia esas aspiraciones y propósitos de la manera de plasmarlos. Ninguna sociedad puede aspirar a ser madura y a crear un ámbito en el que la diversidad y las diferencias encuentren modos de articularse, si su comportamiento en todos los campos y niveles está atravesado por la anomia. El valioso pensador inglés Tony Judt (1948-2010) advertía: “Cuando valoramos menos lo público y común que lo privado, terminamos por no entender por qué hemos de valorar más la ley (bien público por excelencia) que la fuerza”. Las conclusiones son obvias y las vivimos día a día.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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