Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
La capacidad humana para justificarse o excusarse no tiene límite; pero es más una consecuencia del pecado que una respuesta a la gracia.
Suele darse que, ante la menor exhortación a corregir algo en la conducta, con rápida picardía brota la expresión: “Bueno... pero Dios es misericordioso... Dios perdona...” Sí, por supuesto, es cierto, pero – ¡cuidado! – con Dios no se juega. Es más, san Pablo declara: “No se engañen: nadie se burla de Dios. Se recoge lo que se siembra” (Gal 6, 7)
No cabe duda que la Misericordia de Dios, más que un atributo divino, es Dios mismo, porque “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8); y Dios se compadece y perdona a todo aquel que lo invoca con sincero arrepentimiento. Pero, quien se obstina en vivir como enemigo de Dios, ofendiéndolo con una vida contraria a la Voluntad Divina, no está en condiciones de alcanzar Misericordia... porque no la quiere, ya que prefiere vivir en el pecado que en el Amor de Dios.
No cabe duda que la Misericordia de Dios, más que un atributo divino, es Dios mismo, porque “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8); y Dios se compadece y perdona a todo aquel que lo invoca con sincero arrepentimiento.
Dios respeta, como nadie, la libertad individual, porque Él nos ha creado libres. Sin embargo, el que peca no es libre sino “esclavo del pecado” (Jn 8, 34). Esa esclavitud es una opción que se hizo con libertad, pero perdiendo la condición de libre hasta tanto se renuncia al pecado para vivir “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 21).
San Juan se refiere a ello cuando exhorta: “No amen al mundo ni las cosas mundanas. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, codicia de los ojos y ostentación de riqueza. Todo esto no viene del Padre sino del mundo; pero el mundo pasa y con él su concupiscencia. En cambio el que cumple la voluntad de Dios permanece eternamente” (1 Jn 2, 15-17).
La Sagrada Escritura siempre es más severa con el mundo del pecado y lo mundano que con el pecador, porque el pecador no presume de bueno; mientras que el mundo reclama para sí un pasaporte de honorabilidad, ya que con la astucia del “príncipe de este mundo” (Jn 14, 30) sabe revestir el mal con apariencia de bien; y aunque carece de todo espíritu sobrenatural, finge tenerlo.
Para la mundanidad (todo aquello que el mundo opone a Dios y a sus designios) NO hay ni puede haber Misericordia; mientras que SÍ se la puede esperar para el pecador que se arrepiente.
Por lo tanto, no basta con tener expresiones – meramente verbales – de confianza en la Misericordia Divina, sino que es necesario ser coherente y rechazar decidida y firmemente todo lo que se opone a Dios, que denominados “mundano”.
El refranero popular ha sabido acuñar con sabiduría aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando”, que bien puede aplicarse a que no se puede invocar la Misericordia de Dios si no se confía en Él.
De todos modos, los cristianos tenemos el grave deber de acudir a Dios Misericordioso para implorarle que se apiade de los pecadores más perversos y empedernidos, a fin de que vivan en el amor y alcancen la Salvación, ya que “no hay nada imposible para Dios” (Lc 1, 37).
El llamado “buen ladrón”, en el último momento de su vida - anteriormente desviada - se arrepiente ante el Señor crucificado, siendo el único santo canonizado por el mismo Jesús: “… hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc. 23, 43).
Dios no tiene a nadie por definitivamente perdido y su Amor Misericordioso ofrece todas las posibilidades de conversión. Sólo será necesario que el pecador se arrepienta y quiera aceptar esa Misericordia insondable.
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