Gustavo Fontán, uno de los cineastas más sólidos surgidos de la autogestión, y autor de obras como “La casa”, “La madre”, “La orilla que se abisma” y “El rostro”, estrenó en la plataforma Cine.Ar “El limonero real”, que abreva en el relato de Juan José Saer.
Rodada en un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fe “El limonero real”, que se inspira en la novela homónima de Saer para volver a indagar -como en sus filmes anteriores- en una narración subjetiva donde la memoria, la ensoñación, el paso del tiempo y la incidencia de la luz juegan un papel predominante.
Protagonizada por Germán de Silva (“Las Acacias”, “Marea baja”), el cineasta cordobés Rosendo Ruiz, la actriz Eva Bianco (“Los labios”) y habitantes de la zona que nunca antes habían estado frente a una cámara, el largometraje del autor de “El rostro”, la obra de Fontán supera con creces el desafío de trasplantar a Saer de la literatura a la pantalla.
La historia de la brillante novela del escritor es protagonizada por una familia del río Paraná que espera el último día del año: tres hermanas, sus esposos e hijos, que viven en tres ranchos, a la orilla del río, separados por espinillos, algarrobos y sauces.
Wenceslao intenta convencer a su mujer de ir a la casa de su hermana para la fiesta, pero ella se niega, argumentando que está de luto porque su único hijo, murió hace seis años.
El ritual se repite con sus hermanas y sobrinas que se movilizan para convencerla, pero ella no acepta la invitación porque insiste, una y otra vez, que el luto se lo impide.
Wenceslao lo observa todo, lo registra con sus ojos: el río, el día y la noche, el baile, el cordero asado, las sonrisas, las miradas, los vasos de vino, pero también por las ausencias.
La vida discurre, como el Paraná, con sus sonidos, sus claroscuros, la profundidad del agua que acompaña los sentimientos tan o incluso más interiores, hay algo que permanece.
Saer en su relato, al igual que Fontán en su interpretación hablan de lo que nos sobrevive, de lo que nos supera porque, finalmente, todos somos apenas protagonistas de un momento.
Con su cine, Fontán demuestra tener esa singular capacidad de dar poesía de cine a relatos que aportan poesía a literario, como ya ocurrió con “La orilla que se abisma”, según la esencia de Juan L. Ortiz.
Fontán aseguró que “hay en Saer una profunda conciencia de que la poesía surge del tratamiento especial dado a la materia real. La escritura se convierte entonces en el arte de sondear y reunir briznas o astillas de experiencia y de memoria para armar una imagen”.
Hay un símbolo de eternidad que supera a una generación y a las siguientes, como testigo de sus alegrías y tristezas, de la vida que nace y la que muere, que es un árbol cargado de limones.
Dicen que Saer, diez años antes de la publicación de la novela, había pensado en este relato pero como una obra poética, y que entonces nació una frase clave, encontrada en un manuscrito, que se repite en el relato defintivo varias veces: “Amanece / y ya está con los ojos abiertos. / Queda un momento ciego / sin ver, todavía mezclado en lo que ha entrevisto en el sueño”.
“La relación entre un texto y una película es un acto de mucha tensión, por un lado amoroso, un texto que cuando lo leí no entendía lo que estaba leyendo, y por otro lado que cuando uno hace una película debe olvidarse del texto, aunque el texto le de origen debe olvidarse para que la película se cierre sobre sus propias decisiones, porque si no lo hace es una transcripción literal al argumento en esa idea de fidelidad tramposa y equivocada en relación a la trama. Hay una apuesta porque el todo de cierre sobre una decisión para algo vinculado a la novela pero nuevo. Si eso no se da, no hay creación”, dice Fontán.
Disponible en Cine.Ar
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