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Ácida y melancólica visita a los traficantes del poder

Richard Gere protagoniza “Norman”, sobre un hombre que asciende en la escalera política por obra y gracia de su tesón / outnow

Por Redacción

Alejandro Castañeda

NORMAN, de Joseph Cedar.- El tipo asegura que puede conseguir todo. Es un vende humo de las altas esferas que a la hora de traficar promesas y agachadas no desentona con lo que pasa en ese mundo de la política y las finanzas. Lo primero que hace cuando se presenta, es preguntarle al otro de qué trabaja. Y allí le ofrecerá un contacto que le mejorara su futuro. No es estafador ni un perdedor desesperado. Es un solitario que necesita estar en la agenda de alguien importante para darle sentido a una vida que se adivina inestable y vacía. Sobrevive en las orillas del poder, colándose cuando puede o hasta gastando plata (le regala un par de zapatos a un político en ascenso, todo una alegoría) para ir haciendo contactos. Esta allí, como muchos, en la media punta, acertando, errando y sufriendo. Tenacidad, labia, optimismo lo sostienen. Usa y es usado. Por arriba de Norman corre un mundo de pura apariencia y acomodos que dejan ver lo de siempre, que la cara verdadera de los gobernantes tiene poco que ver con lo que muestran las fotos. Un mundo donde nadie muestra las cartas. Y cuesta distinguir entre la ayuda, el regalo y la corrupción.

Richard Gere en su trabajo más resbaladizo, le pone oídos y palabra a este incansable todo terreno, que sobrevive en un escenario donde la verdad cada vez importa menos. Sabe estar donde hay que estar, acepta las pérdidas y hasta las humillaciones. Lo suyo es un hacer constante. No duda ni se rinde. Está más allá del dinero, lo que busca es mejorar una vida que se sostiene a fuerza de vínculos más que de logros.

Autor y director es Joseph Cedar, un realizador estadounidense de origen israelí que aquí del brazo de Norman se asoma a temas como la guerra, los negociados, las roscas políticas y, sobre todo, el tráfico de influencias. El relato es desparejo, pero sale a flote porque no apela ni al tremendismo ni a los brochazos gruesos. Tiene algo del cine de los Coen, en su humanidad y en sus personajes farsescos. Y acredita más de una escena lograda (el encuentro en pleno vuelo con una consultora, tan rico en detalles). Es un cálido y ácido retrato de este súper busca de grandes esferas, un fantasioso leal, andariego y empecinado, que al final se rinde ante una realidad insensible que sólo exige resultados. (*** BUENA)

Gere sobrevive en un escenario donde la verdad cada vez importa menos

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