Frontal, íntegro y comprometido, Gustavo Calleja supo honrar con probidad y solvencia los diferentes estamentos de la función pública en los que se desempeñó. Su fallecimiento, a los 78 años, marca la despedida de un luchador incansable por la soberanía energética y las instituciones democráticas, que defendió desde su identificación con los valores de la Unión Cívica Radical.
Hijo de Iris Primavesi y Ezequiel Pedro Calleja -docente y director del colegio Comercial de Mar del Plata-, hermano de Diana, Gustavo Adolfo nació el 14 de noviembre de 1938. Tras completar los estudios primarios y secundarios en la ciudad atlántica, llegó a La Plata para graduarse como Contador Público en la facultad de Ciencias Económicas. En los claustros de la UNLP despuntó su militancia reformista, que lo llevó al Consejo Superior como representante estudiantil.
Con la llegada de Arturo Illia a la presidencia de la Nación y Anselmo Marini al Ejecutivo bonaerense, formó parte del equipo de la Dirección General de Escuelas, como titular de Administración durante la fecunda gestión de Francisco Latrubesse.
Derrocado Illia, volvió al llano, y tuvo una intensa militancia en tiempos de dictadura con dirigentes como Sergio Karakachoff. En 1974 fue parte de la puesta en marcha de Petroquímica General Mosconi, donde trabajó como Gerente Financiero a lo largo de casi dos décadas, tanto en la planta de Ensenada como en la sede porteña de la empresa.
En tiempos de recuperación democrática, fue designado por el secretario de Energía de Raúl Alfonsín, Conrado Storani, al frente de la subsecretaría de Combustibles nacional. A partir de los años ‘90, ejerció algunos cargos partidarios en la UCR, de la mano de una concepción ética que no admitía retaceos, pero siempre respetuosa del disenso. Participó activamente en la Fundación Arturo Illia (junto a Osvaldo Álvarez Guerrero) y el MORENO (el Movimiento por la Recuperación de la Energía Nacional Orientadora), del que fue fundador.
Crítico del impacto ambiental de los yacimientos “no convencionales”, creyó que el petróleo debía ser considerado un bien estratégico. Reivindicó la energía como servicio público, como contrapartida del “modelo de mercado” vigente.
Casado en 1966 con la psicóloga Alicia Irma Moran, tuvo un hijo, Sebastián Eloy, quien se prolongó en dos nietos a los que amó entrañablemente: Paloma y Martín.
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