Por MIGUEL ÁNGEL ABDELNUR (H.)
El 15 de octubre de 2017 Portugal ardió. Más de 500 focos de incendios se alumbraron al mismo tiempo desde Coimbra hacia el norte, pasando la frontera con Galicia y arrasando todo a su paso en una tormenta de fuego como nunca se ha recordado en la historia de este país. Más de 40 personas murieron esa noche y muchísimas (mi familia incluida) perdieron bajo el infierno de llamas todo o casi todo lo que tenían.
Nos instalamos en el centro de Portugal hace ya 4 años, junto con mi mujer y nuestros hijos, cerca de una hermosa y algo perdida aldea llamada Pardieiros. En todos estos años de trabajo logramos transformar nuestro agreste valle en un pequeño paraíso. Guiados por los conceptos de la permacultura, llevamos adelante nuestro proyecto de turismo social y sustentable (jardín de infantes autogestionado incluido) creciendo como familia y comunidad al mismo tiempo.
El hecho de vivir dentro de una reserva ecológica (la más pequeña de este país) no nos salvó (ni a nosotros ni virtualmente a nadie) de estar rodeados de masivos monocultivos de pinos y eucaliptos.
Cada país tiene un rol que cumplir en Europa, el de Portugal es el de producir papel. Enormes pasteras a la vera del Atlántico reciben a diario interminables toneladas de madera, eucalipto en particular. Es bien sabido que la especie más favorecida por la industria viene de Australia, donde su velocidad de crecimiento (10 años) solo se puede comparar con su combustibilidad y su insaciable sed. Tres cuartas partes de los bosques portugueses están dedicados a este tipo de monocultivo, extremadamente invasivo y desertificante. El resultado es que cada año, el 50% del área incendiada en Europa corresponde a Portugal (cuya superficie apenas representa el 3% de la total del continente)
El gobierno y la CEE, lejos de prevenir esta realidad, la han fomentado a lo largo de los años, sin duda gracias a los jugosos dividendos que obtienen y a la total impunidad con que es posible manejarse. El Portugal profundo donde nosotros vivimos solo es parte de Europa en el nombre, con sus humildes campesinos viviendo una economía virtualmente de subsistencia desde innumerables generaciones. Este estado de desidia y postración se agrava por la nula inversión en prevención de incendios (limpieza de terrenos baldíos, caminos y equipamientos para el combate de los mismos) dejando decenas de poblados a su suerte.
“Las secuelas de esta devastación han sido inmensas. La más dolorosa, ver que se puede ignorar la tragedia sin ninguna consecuencia”
Esa noche nos tocó enfrentar el fuego junto con amigos y vecinos en uno de esos poblados, aislados de toda ayuda o comunicación con el mundo exterior y armados solamente con un combo de tanques de PVC de mil litros en el lomo de alguna camioneta con una bomba a gasoil encima.
Resulta difícil describir la sensación de estar completamente rodeado de fuego por horas y horas, con todas las montañas al rojo vivo hasta donde alcanzaba la visión, escuchando los gritos de desesperación de tantos pobladores y las explosiones de las garrafas en las casas ardiendo.
Las secuelas de esta devastación han sido y son inmensas, siendo quizás la más dolorosa el despertar para muchos de nosotros a la realidad de ser víctimas de un sistema perverso que se puede dar el lujo de ignorar y cubrir esta tragedia sin ninguna consecuencia. Los medios poco y nada han hablado de lo que pasa aquí y hasta ahora a nivel oficial solo se han recibido huecas promesas de ayuda.
Todo un contraste con la conmovedora solidaridad del pueblo portugués. Habituados a la indiferencia del gobierno, han tomado el asunto en sus manos haciendo colectas y ayudando con las necesidades básicas de vivienda y subsistencia, entre muchas otras cosas. Nuestra comunidad local también se ha puesto en marcha, mostrando una fuerza y un poder de organización que nos hace superarnos cada día.
A las tareas de reconstrucción hay que sumarles las de reforestación (bosques enteros han desaparecido) y las de activismo, ya que ahora el Estado, aduciendo razones de seguridad, intentará relocalizar toda la gente que pueda dentro de los poblados, eliminando así el último escollo que tienen para poblar la totalidad de las montañas con sus monocultivos.
Pero nadie se va de aquí, porque sabemos del potencial de esta tierra y su gente y porque sabemos también que lo que está en juego es nuestro futuro y el de nuestros hijos.
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