Por SERGIO SINAY
sergiosinay@gmail.com
Suele ocurrir que, entre quienes trabajan al servicio de otros, ya sea cuidando, sanando, educando o protegiendo, se presenten situaciones complicadas o extremas en las que, inevitablemente, los acose una pregunta: “¿Qué hago yo aquí, cómo llegué a meterme en esto?”. Es posible escucharlo de sus propios labios cuando repasan su trayectoria profesional. Médicos, docentes, bomberos, policías suelen encontrarse en situaciones así. También les ocurre a quienes, sin pertenecer a ninguno de esos oficios o profesiones, asumen compromisos y responsabilidades respecto de otras personas.
“Dejar este mundo un poquito mejor de como lo encontraste. Eso es haber tenido éxito”
Hace unos días escuchaba historias de vida que me contaban en Neuquén médicos del Hospital Horacio Heller, con quienes tuve el privilegio de compartir la Jornada anual en la que repasan su propia tarea y se nutren mutuamente, y en varios de esos relatos aparecía una situación en la que surgía la pregunta: “¿Qué hago yo aquí?”. “Aquí” significa en estos casos cara a cara con el dolor, con la muerte, con el sufrimiento extremo, con la angustia de otros y con la propia.
¿Tiene respuesta esa pregunta? Mientras lo pensaba vino a mi memoria una película que periódicamente vuelvo a ver y que he recomendado una y otra vez. Se trata de “Qué bello es vivir” (en inglés, “It´s a Wonderful Life”). Fue filmada en 1946, se la consideró la mejor película de ese año, y, afortunadamente, es posible conseguirla hoy en video, rastrearla en Internet o verla periódicamente en televisión. Su director fue Frank Capra, y sus principales intérpretes James Stewart, Donna Reed, Henry Travers y Lionel Barrymore.
UN PAR DE ALAS
La historia transcurre en un pequeño pueblo llamado Bedford Falls y se centra en George Bailey (interpretado por Stewart), hijo del director de una empresa que provee créditos para la construcción de casas a personas de escasos recursos. Cuando George está a punto de partir hacia la universidad para estudiar ingeniería, su padre muere. Algunos accionistas quieren liquidar la compañía, pero otros la salvan con la condición de que la dirija George. El muchacho acepta y con esto se truncan sus estudios. Con ese dinero paga la carrera de su hermano Harry. En el ínterin conoce a Mary, con quien se casa. Sin embargo, no hay perdices. Antes de iniciar la luna de miel ve una aglomeración ante las oficinas de la empresa. Se corrió la voz de que el poderoso e inmisericorde señor Potter, dueño del Banco y de medio pueblo, va a comprar la compañía a cambio de una deuda y luego dejará de dar créditos, porque la empresa amenazaba sus propios y jugosos negocios inmobiliarios.
En el día previo a Nochebuena, George y su tío Billy consiguen los dólares para saldar la deuda y salvar la compañía. La familia y el pueblo esperan, además, la llegada de Harry, el hermano, que regresa de la Guerra como héroe. El tío Billy lleva al Banco un sobre con el dinero y el diario en el que se anuncia la llegada de Harry. Le muestra con orgullo el diario al señor Potter y, sin darse cuenta, junto con el periódico le deja el sobre con el dinero. Empieza una búsqueda desesperada e inútil de los dólares y, ante la amenaza de quiebra y cárcel, George acude a Potter, quien le niega un crédito. George tiene un seguro de vida y decide suicidarse para que esa póliza sea cobrada, la empresa se salve y la gente siga obteniendo créditos.
Va al río que corre por las afueras del pueblo y, cuando está a punto de arrojarse al agua para morir ahogado, ve que un hombre mayor cae en el cauce. George olvida su propósito y salva al hombre, quien le dice que se llama Clarence y que es un ángel al que se le encomendó la tarea de cuidarlo. La misión le fue encomendada por San José y, a cambio, ganará su par de alas y dejará de ser un ángel de segunda. George no cree en ese relato y, desesperado, dice que nunca debería haber nacido. Clarence le pide que lo acompañe y lo invita a ver qué hubiera sido del pueblo si George no hubiese nacido. La visita es de terror. El lugar se llama Pottersville, no hay más que cabarets, prostíbulos y casinos, el farmacéutico, de apellido Gower, a quien George, cuando era cadete de la farmacia, salvó de envenenar por error a un chico, estuvo preso por asesinato y es alcohólico. Nunca se construyeron las casas que él ayuda a levantar con sus créditos, su tío Billy está internado en un manicomio y Mary, que nunca se casó, es una bibliotecaria agria y solterona.
“Transitar la propia vida con atención, compromiso, presencia y conciencia de que el otro existe e importa”
Cuando George se va presentando ante ellos nadie lo reconoce, lo ignoran e incluso Mary, asustada ante el desconocido. llama a la policía. Ahora George acepta quién es Clarence y, tras huir de la policía, vuelve al puente desde el que se iba a suicidar y clama a Dios que le devuelva su vida. Logrado esto, regresa contento a su casa, aún sabiendo que será detenido y encarcelado porque la compañía no pagó la deuda. Sin embargo, valora lo que tiene. Esposa, hijos, hermano, amigos, seres queridos. Para su sorpresa, su casa se convirtió en centro de peregrinación de todos aquellos a quienes él ayudó en su vida, incluidos los que construyeron sus hogares, quienes hacen cada uno una pequeña donación hasta juntar el dinero necesario para pagar la deuda. Mientras todos brindan, suenan campanas a lo lejos. La hija de George le cuenta una vieja leyenda, según la cual cuando suenan campanas es porque un ángel acaba de ganar sus alas. Clarence cumplió su misión.
EL SECRETO DEL SENTIDO
En esos momentos en que alguien es asaltado por la pregunta “¿Qué hago yo aquí?”, que siembra desasosiego y que no tiene una respuesta inmediata y obvia, sería oportuna la presencia de un Clarence que le muestre cuántas vidas ha tocado con su sola existencia. Y cómo ha modificado, a veces sabiéndolo, a veces sin saberlo, a esas y a otras vidas, que acaso se habrían desbarrancado o habrían tenido rumbos aciagos de no haber sido por la presencia de quién se hace la pregunta. Toda vida tiene un sentido y ese sentido se refleja en otras vidas.
No se trata de crear el sentido, no hay que traerlo de afuera, no hay que importarlo. Hay que explorarlo. Y el modo de hacerlo es transitar la propia vida con atención, compromiso, presencia y conciencia de que el otro existe e importa. A esto se refería, probablemente, el poeta y filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson (1803-1882) cuando lo interrogaron acerca de qué era una vida con sentido: “Dejar este mundo un poquito mejor de como lo encontraste, ya sea a través de un hijo que goza de buena salud, de un jardín, o de la redención de una condición social; saber que por lo menos una vida respiró mejor porque tu exististe. Eso es haber tenido éxito”.
Muchas veces, aunque no lo parezca, y aunque en el momento no se entienda, uno está donde está para que una vida respire mejor.
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