IRENE BIANCHI
irenebeatrizbianchi@hotmail.com
@irenebianchi
Seis y media de la mañana. Suena el teléfono fijo de casa. Me levanto de la cama y atiendo. Del otro lado, una voz masculina, joven, llorando. “Mamá. Entraron. Me rompieron la boca”. No lo recuerdo pero seguramente yo –medio dormida y atolondrada- digo el nombre de mi hijo, como preguntando si era él. Primer error. “Sí. Soy yo. Quieren plata, mamá. ¿Cuánta plata hay en tu casa?” Acto seguido agrega: “Cortá y llamá al fijo de mi casa, mamá”. Cosa que hago. Y atiende la misma voz llorosa, supuestamente mi hijo. Segundo error. El simulador que llamó nunca cortó la primera comunicación, de ahí que atienda nuevamente. Y una cree que está llamando la casa de la víctima. Pero no. Hasta que, en medio de la desesperación, se me prende la lamparita y llamo al celular de mi hijo. Lo despierto. “Todo bien, mamá. ¿Qué pasó?!”
Pasó que fui víctima de un secuestro virtual. Uno de tantos. Claro, luego pienso, lo de “me rompieron la boca” era para disimular si la voz de mi hijo sonaba algo diferente. Todo fríamente calculado y magistralmente actuado. Siniestramente actuado.
Ojalá esto le sirva a alguien, para que no cometa los errores que yo cometí. Estemos atentos, vecinos. Así se vive ...
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