Desde el inicio de “Viviendo al límite”, la cámara sigue a Connie, un Robert Pattinson transpirado de desesperación, pero los primeros planos del ex galán devenido en estrella indie con runrún de Oscar dejan suficiente aire en el marco para mostrar que lo que exaspera a su criatura no es la Nueva York glamorosa, sino una fea, sucia y mala donde el protagonista sólo encuentra más problemas mientras corre una carrera inevitablemente trágica para intentar liberar a su hermano, un muchacho con discapacidad, de la cárcel en la que está por acompañar a Connie en un robo bancario.
Connie escapa de la escena, pero su hermano queda atrapado por las instituciones que lo persiguen a él, al igual que a su hermano, durante toda su vida: el eje del potente thriller de los hermanos Safdie, reyes del mumblecore que se vuelven maestros de un cine setentoso bajo el padrinazgo de Scorsese, es este intento de la sociedad norteamericana de “normalizar” a sus personajes, a Connie, quien debería estar ya preso, y su hermano con discapacidad, a quien quieren enviar a una institución para personas con discapacidad. Pero no hay escapatoria final, claro, de ese control, de esa violencia desde arriba: los marginados del sueño americano toman el centro de la escena durante una noche vertiginosa, donde la urgencia de Connie se hace carne a medida que el espectador puede oler el sudor nervioso de un personaje amoral que, de repente, debe hacerse cargo de las consecuencias de su vida fuera de la ley.
¿Es una película, entonces, moral? Al contrario, los Safdie se corren del juicio a sus personajes, no se rasgan las vestiduras cuando Connie se acuesta con una adolescente o cuando la abandona minutos después: simplemente retrata una noche en la vida de un desacoplado, de un marginado. Fuera de la ley, después de todo, no hay moral, sino instinto de supervivencia.
Uno de los estrenos del año llegará a apenas seis salas en Argentina, y no se verá en La Plata: habrá que viajar a Buenos Aires para descubrir una cinta vendida con el título genérico “Viviendo al límite”, como si el público necesitara que lo pincharan para ir a verla. Una situación que obliga a la pregunta: ¿desde cuando a la audiencia no le gusta este tipo de cine?
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