Será, tal vez, por ese maldito estigma que tiene diciembre, o sencillamente porque no debemos olvidar que esto es la Argentina, donde todo puede ocurrir. Pero lo cierto es que la semana que concluye, lejos del esperado (y necesario) clima de distención que debería ser propio a las fiestas de fin de año y el anticipo de las vacaciones que ya quedan ahí, a la vuelta de la esquina, volvió a teñirse de violencia y del olor ocre de las cubiertas quemándose en pleno centro de la Ciudad y del olor a pólvora de las armas largas de la policía disparando munición con postas de goma.
Reforma jubilatoria por un lado (otro clásico de los gobiernos, financiarse con el AnSes, a costa de los jubilados); reforma del sistema previsional de los empleados del Banco Provincia, por el otro y combate a la venta ilegal terminaron por conformar un coctel cuasi explosivo.
¿Era necesario meter todos esos elementos juntos dentro de una bolsa y hacerlos estallar justo a fin de año? Los focus groups a los que parece ser tan afecto algún sector del gobierno, parecen estar fallando por el wing del sentido común, o lo que es peor, por el costado de la sensibilidad social.
La ciudad de Buenos Aires y La Plata, terminaron, al fin, hermanadas en otra tarde de injustificada violencia.
Nadie en su sano juicio puede justificar o avalar que justo a los jubilados vayan a meterle la mano en el bolsillo. Ningún bien pensante puede regodearse ni avalar represiones, pero muchos justificar saqueos de comercios, quema de vehículos o imprecaciones de “ahora, a un banco, o a la embajada de Israel”, como se escuchó gritar entre los manifestantes, todo en un supuesto acto de defensa a los castigados jubilados.
Uno suponía que con los procedimientos que terminaron con la detención del clan “Pata” Medina (¿se acuerda? Fueron este año, aunque parezca que pasaron siglos), el tiempo de las patotas se había terminado por estos pagos. Pero no, ahí vino el intendente de Ensenada, Mario Secco, a recordarnos cuáles son los métodos que gusta imponer cuando las cosas no son de su agrado. Eso, precisamente, era lo que ocurría con aquellos gobiernos de “patrones de estancia” que, dicen, son los que hoy combaten.
Si en la Legislatura se puede llegar a votar un proyecto con el que no se está de acuerdo, hay que entrar por la fuerza, llegar hasta el mismo estrado del Presidente y evitar que la Cámara sesione. Todo muy democrático, obviamente.
Demasiadas coincidencias, entre los visto en Buenos Aires y lo vivido en La Plata. Casi cortadas por la misma tijera.
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